jueves, 28 de octubre de 2010

N.

Debería escribir algo que acabara con estos meses de olvido y silencio. Algo que explicara el curso errático de esta pasada temporada. Algo que agradeciera la ayuda recibida, todo ese esfuerzo desinteresado. Algo que alabara el trabajo de pupilos que lo han hecho bien, porque se han esforzado y eso ya basta , y que le hacen a uno sentirse válido. Algo que hable de los asuntos por los que, mientras entrena mi cuerpo, divaga mi alma, cuando parece, por el hecho de divagar, que la tengo; tantas pensamientos perdidos, desvanecidos, en tantas horas solo y en silencio. Debería, pero si yo hiciera siempre lo que se espera, si yo perdiera ese pequeño reducto rebelde que subsiste sin domesticar en mí, ya no sería yo y, por lo tanto, no lo voy a hacer. Lo dejaré para otro día, otro mes, otro año... siguiendo el también errático curso de este blog. 

Por eso hoy, por unas horas o por unos meses como la anterior entrada, hablaré de N. sin que ella se entere, porque esto que voy a decir es secreto, debe quedar entre nosotros.


Así pues, para empezar, decir N. se levanta con mucha energía por las mañanas temprano, tanto que a mí, que soy de naturaleza nocturna, me desborda. N. me despierta algunas mañanas cuando va a trabajar: su temprana vitalidad no es compatible con el cansado silencio que necesito, pero yo vuelvo a dormir, al menos, por una hora más. Por la noche, N. me quita las sábanas mientras dormimos, tanto que tengo que encender la luz para encontrarlas y poder taparme algo para poder dormir otra vez. N. habla por teléfono mucho más que yo, que no aguanto bien más de 6 ó 7 minutos por llamada, y hay veces que me canso de hablar sin ver a la persona con la que hablo. N. es una persona sensible, cosa que hace que deba tener cuidado a veces con mis hoscas maneras, con mis silencios distraídos, con mi manera de expresarme, con mi habilidad para la digresión, con mis observaciones irrelevantes sobre detalles absurdos. N. puede hablar poco o nada muchas veces (escucha y piensa, cosa infrecuente hoy en día) y, en ocasiones, presa de un ímpetu repentino, puede lanzarse a hablar de una manera en la que no me resulta fácil participar o dejar de prestar atención, al mismo tiempo, a otras cosas (son cosas de una inquietud -mental, observadora- que me asalta a veces sin que me dé cuenta).


Sin embargo, N., no puede evitar que se note que se alegra sinceramente cuando me ve. No puede evitar tener buen sentido del humor para todas esas tonterías que hago justo antes de decir “¿A que eso no te lo esperabas”? No puede evitar que yo me sienta a menudo querido hasta conmoverme. No puede evitar que me parezca enternecedor la empatía con la que siente las cosas que me ocurren, todas esas invisibles minucias que ya no recuerdo ni siquiera cuando ella aún las siente. No puede evitar, N., ser paciente y comprensiva con todas esas rarezas mías, hasta el punto de hacerme sentir casi culpable o, al menos, muy agradecido.

Y, por ejemplo, cuando duerme por la noche, antes o después de haberme robado las sábanas, buscando calor le paso el brazo por encima y, ella, sin dejar de dormir profundamente, me coge la mano y la guarda entre las suyas como si fuera su posesión más preciada, como si estuviera realmente en ese momento soñando con ella, sólo con sostenerla, sinceramente, como siempre que se sueña, entonces yo, que no soy muy dado a manifestaciones públicas de afecto, yo, que no puedo deshacerme fácilmente de esta polvorienta austeridad de la meseta, de esta pose fría, de esta máscara, yo, que no creo ser muy sensiblero, ni tan siquiera, si acaso, muy sensible, yo, que en ocasiones (si no siempre), tengo un ridículo sentido de la vergüenza, yo, que pienso que el tiempo pasa y que muchas cosas se acaban, yo, que, si lo pienso fría y racionalmente (como sólo las máquinas “piensan”), no creo mucho en el ser humano ni en esa idea absurda que llamamos amor (esa idea contraria a la posibilidad evolutiva del ser humano -el egoísmo-), yo (sí, todo ese “yo”), siento que las subordinadas anteriores, todas esas ideas cínicas quizá, son humo o nada, y, sí, yo (aunque evidentemente éstas son cosas que nunca digo), no se sabe si tan sólo por unos segundos (pues por prudencia partiremos de la premisa de que casi todo es efímero), siento, quizá engañado, que no puedo quererla más.