sábado, 28 de junio de 2008

ALTA MAR

Embarcado ya, pasear por la borda de estribor, ladeando la cabeza de cuando en cuando para evitar los obenques, las drizas y las burdas, primero del palo mayor y después del palo de trinquete. Llegar a la proa y comprobar que el bauprés apunta justamente a donde yo quiero, el horizonte infinito. Seguir con la mirada la trayectoria del estay hasta lo alto del trinquete y ver como debajo se hincha el petifoque, y debajo foque y contrafoque. Bajar por babor repasando con la mirada todo el velamen, primero, siguiendo con el palo de trinquete, ver como cuelgan de las vergas sobrejuanete, juanete de proa, gavias de proa y la vela trinquete. A la altura del palo mayor, de abajo a arriba, observar admirado la contención de la mayor, y luego las gavias, juanete y sobrejuante de la mayor. Y ya, al final, ver en el palo de mesana ese mismo velamen algo menos grande y después, sobre la misma popa , meneando la botavara de cuando en cuando, la cangreja y, encima, como revoloteando, mi vela favorita: la escandalosa. Situado ya en la popa, ver cómo se deshace mi estela en la mar amarga (que hubiera dicho Lorca), darme la vuelta y ver mi barco abarloado por la fuerza del viento que tensa todo el largado trapo.

Es un símil que me gusta: un barco de vela avanza, pero depende del viento o, mejor dicho, de la meteorología. Nadie quiere estar al pairo, pero la vida obliga. Donde manda patrón no manda marinero. Yo he sido un barco carguero. Aceptaba una carga y la llevaba de A hasta B (alguna vez he cargado de más). Creo que he sido muy trabajador y dudo que deje de serlo porque es la forma que tengo de entender el entrenamiento de fondo. Pero quiero dejar lar rutas marítimas marcadas por calendarios alienantes. No voy a dejar las cartas de navegación, me ha llevado muchos años aprender a usarlas. Pero quizá aparque el radar y el GPS y vuelva a coger los sextantes y me dé por mirar más a las estrellas y al horizonte. Y haré por llegar a los sitios y pasar cabos más lejanos -ponerme un pendiente cuando pase Hornos (esto puede ser el IM)-, porque los vientos son benévolos (“porque las cosas son así y, por eso, así están bien”) y la mar es inmensa y con un infinito desconocido y mágico. Y a mí me apetece descubrir esa mar con algo más de libertad, un poco más a la antigua manera, y con la ilusión y la pasión por descubrir que tenía cuando era grumete.


Por eso, aun estando contento con cómo he entrenado este año (“muy profesional”) a pesar de los resultados, he decidido tomar yo el mando de mi entrenamiento (un velero que pretendo muy marinero), y tengo que decir, primero, que lo hago con toda la humildad del mundo (pues el “autoentrenamiento” es complicado y quizá “me lleve a pique”) y, segundo, que tengo que dar las gracias a todos los entrenadores por los que he pasado, pues de todos aprendí cosas que no vienen en los libros de fisiología y entrenamiento. Esas cosas que me enseñaron, lo estudiado y todo lo que he aprendido con mis propios fallos (que constituye, por desgracia práctica y por suerte espiritual, el grueso de mis conocimientos) me autorizan, en mayor o menor medida, a tomar el mando de este barco que se cansó de su repetida ruta de años y años y algún que otro pirata (y me refiero más a los piratas del mediterráneo, norteafricanos, que a los de las novelas de Stevenson); este barco que ha largado velas y emprende las rutas de los pioneros con viento fresco, para enconrtar de nuevo ilusión, y todo lo que ésta traiga.

Por eso gracias a todos esos entrenadores, por orden alfabético: Alberto, César, Dudus, Julio, Neli y Rubén. Sé que me queda por aprender, como a todos, imagino, pero me hubiera gustado aprender más de unos pocos entrenadores más (también por orden alfabético: Mujika, “Portsea”, Rioseco, Sutton y algún otro), pero este navío ya zarpó y tendré que conformarme con coserles a preguntas si me encuentro con ellos, como también preguntaré a alguno de aquellos que ya conozco si tengo alguna duda (llamar por radio a Capitanía Marítima). Karl Popper proponía para la ciencia el principio de falibilidad, esto es, “Yo también me puedo equivocar”. Si me pregunto en todo momento si la cosa va bien o puede ir mejor, me resultará más fácil rectificar o mejorar sobre la marcha y al mismo tiempo ejecutar con convicción ese entrenamiento revisado, flexible y libre. Veremos en qué acaba todo esto, quiero decir, veremos si llego a buen puerto.

***

Por cierto, hoy tras dos semanas de descanso presuntamente activo (poco activo), pues iba ya muy fundido en Zarautz, zarpé con la bici de monte y dos líantes amigos míos, muy "cuchilleros", y no llegamos a puerto hasta 4h después. Realmente estoy más blanco que lo que parece en la foto, pero la pila de mierda que traía encima me ayudaba a disimular. Saqué la foto por si se veía, aunque más sucias llegaron por dentro.


Mientras Darko dormía, como podéis ver en la foto hace pompas con sus babas cuando duerme: es un figura.

¿Os acordáis del Tetris tridimensional? Yo no llegué a jugar, pero dudo que hubiera llenado más mi coche al hacer la mudanza de Soria a Salamanca si lo hubiera hecho (aunque no lo creáis, ahí hay tres bicis y un hombre que dice "¡Ay!" al ver su coche). He decidido preparar el Mundial de LD en Salamanca, el terreno es más favorable. De todas formas tengo que decir que he recibido toda la ayuda y el apoyo necesario del CAEP de Soria y en especial de Rubén Andrés, que ha hecho todo lo posible porque yo me sintiera como en casa.

lunes, 23 de junio de 2008

LA CABEZA SOBRE EL CUERPO

Donosti y Zarautz eran las dos pruebas que tenía previsto hacer en Euskadi. Son dos triatlones con una solera indiscutible y el que prueba se engancha y repite. No puedo decir que esté contento con los resultados si hago un análisis superficial (la superficie de la hoja de clasificaciones), pero siempre hay que intentar hacer un meta-análisis considerando las circunstancias. No se trata de usar del perspectivismo para reconfortarse, si no de analizar por parcelas para ver qué se hace bien y qué se puede mejorar.

En Donosti, como se ha dicho, otro diluvio más. Yo con la resignación del que se ha acostumbrado a estar en remojo. Ya, con la temperatura que hubo y la lluvia, contaba con no ir demasiado bien visto lo visto en las pruebas previas. Opté por nadar con los manguitos debajo del neopreno sin estar muy seguro, pues nunca había probado. No fue mal, debí hacerlo también en Madrid y Pontevedra (aquí hasta calzoncillos de lana tenía que haberme puesto). La primera subida por el parque de atracciones fue dinamitada por Eneko, que ganó allí el 95% de la prueba. Para la segunda subida (Igeldo desde Orio) nos habíamos agrupado varios (Tovar, Pontano, Iñigo, Jon, Peru y yo) y supongo que todos nos dedicamos a tirar cuesta arriba, perdón, remar corriente arriba como buenamente pudimos en la riada sobre el asfalto y a bajar sin arriesgar lo más mínimo. Empezar a correr totalmente congelado (2 ó 3 Km con muñones) y a tirar, una vez más, de recursos mentales, ya que los físicos brillaban por su ausencia. Otra vez la lucha. Resistir es, en cierta manera, una forma de ganar cuando las circunstancias no permiten nada mejor.




Zarautz fue poco más o menos, pero con calor. También salí primero del agua sin proponérmelo y con relativo poco esfuerzo (también tuve la sensación de que yo fui el único tonto que tuvo intención de tirar). Pero nada más empezar a subir Meagas supe que iba a ser un día de sufrir “desprendidamente”. Aguanté con los Llanos y Pontano hasta poco antes de Zumaia (¿10-15Km?), pero no era mi ritmo y se me iban poco a poco. Cuando los perdí de vista empezaron a lloverme los minutos; físicamente iba fatal y por mucho que mantengas la concentración la referencia visual ayuda a marcar un ritmo. Elgezabal me pasó poco antes de Getaria en la segunda vuelta (lo esperaba desde bastante antes) y subí después el “repechaco” (hasta un 20%) con la calma del que hace ya su carrera por la subsistencia, donde el mejor ritmo es el propio. La verdad, prefiero el otro circuito, éste es 10 minutos más corto y las 4 horas son una barrera algo más franqueable (el año que gané no bajé de 4h por entretenerme con el público: 4h00’17”; no sé si podré quitarme esa espina). Bajé a correr con el aliento de Félix resoplando no muy lejos y aguanté 20Km corriendo medio mareado. Mantuve el puesto, que, dado lo mal que iba, fue para mí mi pequeño éxito del día. Nunca había sufrido tanto durante tanto tiempo y nunca había estado tan mal después de una prueba. Físicamente flojo, mentalmente la mejor prueba de fuego que he pasado, es bastante más fácil sufrir cuando vas bien. Otra vez más: la lucha.




Hace tiempo leí un libro de Reinhold Messner en el que hablaba de caídas mortales. Más bien hablaba de caídas presumiblemente mortales en las que se había salvado la vida milagrosamente. Algunos casos me llamaron mucho la atención. En una ocasión iban cuatro amigos en una cordada (creo que en el Matternhorn, pero cito de memoria y lo leí hace mucho) por una arista a cuyos dos lados precipitarse supondría la muerte segura. La nieve se desprendió y tres de ellos cayeron para un lado. En un segundo el cuarto de ellos comprendió que tirarse al barranco del otro lado era lo único que les salvaría. Todos salvaron la vida. Messner menciona que hay un estado de hiperactividad neuronal destinada a resolver el problema que hace que la vida peligre. Inmerso ya en la caída mortal, cuando se comprende que se va a morir, al despeñado lo invaden la aceptación y la calma total. Si por ejemplo, en la caída, se golpea repetidamente, no lo siente y, ya despeñado, no siente dolor alguno hasta que, por alguna de esas excepciones que facilita el azar, descubre que milagrosamente va a salvar la vida. Algunos, al creer su muerte inminente, dicen haber visto una breve película de los momentos más felices de su vida. Como oí el otro día decir a Sebastián Álvaro en la radio: “Es muy difícil morir”, eternidades de evolución nos han preparado para que nuestro cuerpo y, sobre todo, nuestra mente luchen desaforadamente por subsistir. Cuando un montañero muere extenuado lo hace al sobrepasar el límite natural, biológico, de sus posibilidades físicas, límite al que sólo se puede llegar gracias a la ergogenia insuperable de nuestra mente excepcional. En estas dos últimas imágenes vemos a Messner con su hermano Günter y la vertiente Diamir del Nanga Parbat donde una avalancha se llevó al segundo de los citados y donde ese mismo día R. Messner vagó como un espectro entre la vida y la muerte, salvándose milagrosamente al llegar casualmente a una aldea en la ladera opuesta a donde habían iniciado el ascenso; creo que es una historia trágica que tiene su interés y que ha tríado cola hasta hace poco, por si alguien se interesa.

Siguiendo con "lo nuestro", nos paramos a pensar demasiado en nuestro rendimiento físico. Desde luego no se puede ganar Zarautz, por poner un ejemplo, si éste es pobre. Pero nos olvidamos a menudo del rendimiento psíquico, y aquí me encanta que esta palabra venga de “psique”: alma, por las implicaciones metafísicas, metafóricas y porque, ya en un tono más coloquial, encaja bien la expresión “dejarse el alma”. Esta parte de rendimiento mental creo que es la que marca la diferencia determinante entre algunos de los mejores deportistas “físicamente” parecidos (hay excepciones, tipo “extraterrestre-Noya” y similares, fisiológicamente muy por encima) y lo veo aún más importante en larga distancia. Y eso en lo referente al día D y la hora H, pero la cabeza es aún más importatne entrenando, sobre todo en eso que llaman "entrenamiento invisible". Por eso hago extensiva una invitación a pelear esta faceta, no ya de nuestro rendimiento deportivo, si no de nuestra actividad vital general. Merece la pena ahondar en nuestra excepcional capacidad mental, capaz de hazañas insospechadas, capaz de convertirnos en héroes, o casi. Esforcémonos por ser, aunque sea de vez en cuando, excepcionales; sin que para eso haga falta ganar Zarautz, un mundial o subir al K2 a la pata coja: basta con dejar que nuestra voluntad triunfe y nos lleve a explorar y conocer nuestros límites y nuestra identidad última, convirtiéndonos, íntimamente, en algo así como "supernosotros", "superhumanos" (SuperGarcía, SuperDiego, SuperAlonso, "SuperLópez", etc.) esto es, con la cabeza sobre el cuerpo.





***

Por cierto, enhorabuena por ese Campeonato Iberoamericano, Sonia.


martes, 10 de junio de 2008

MÁS TOMATE

Voy a seguir con mi faceta salsarrosera para contaros de un amigo que echo de menos. La primera vez que oí de él pensé que se trataba de algo relacionado con un robo o un sistema de alarma. Todas las noches la misma cantinela pesarosa. El ruido venía de no muy lejos, pero como amortiguado por los árboles de la zona. Pregunté por la Blume –donde vivía- si alguien sabía de dónde venía aquella letanía incansable. Nadie me supo decir. Ese pitido a intervalos precisos dividía la noche en fracciones de cuatro segundos y yo tuve que acostumbrarme a dormir con tapones para los oídos. Al poco, de casualidad, leyendo un libro cuya acción se situaba en Grecia se hablaba del autillo común y pude por fin identificar al dueño de tanto lamento.
Es la más pequeña de las nocturnas: mide aproximadamente 20 cm , con una envergadura de algo menos de 50 cm y de unos 100 gr. Penachos y plumaje crípticos que les vuelve prácticamente invisibles en un tronco si mantienen cerrados los ojos. Coloraciones intermedias entre el gris y el rojizo. El pico es negro. El iris, amarillo pálido en pollos, pasa a amarillo limón en los adultos. El hábitat típico del autillo son los sotos fluviales, jardines y parques, evitando áreas forestales muy densas. Necesita áreas abiertas en las que cazar. En la península Ibérica cría Otus scops mallorcae . También se encuentra en las islas. Migra para invernar hacia el sur hasta zonas africanas probablemente comprendidas entre el desierto del Sahara y el bosque ecuatorial. Especie de hábitos exclusivamente nocturnos, se apoya en el plumaje críptico y en sus orejas cortas y anchas para pasar desapercibido durante el día mientras descansa en las ramas. Caza desde posaderos, capturando las presas en el suelo o forzando a las que vuelan a bajar a tierra, preferentemente insectos, aunque ocasionalmente captura pajarillos, anfibios y reptiles. Anidan en agujeros de árboles, frecuentemente en nidos de Pito Real Picus viridis . El tamaño de puesta varía entre 3 y 6 huevos, puestos cada 2 días. Son incubados por la hembra durante 24 o 25 días, y los pollos dejan el nido a los 21 días de vida, aunque no vuelan correctamente hasta los 33 días. Podéis ver más de naturaleza en la página donde saqué esto (http://www.brinzal.org/) o de naturaleza en general en el blog de naturaleza de Furacán (www.unamiradaagaia.blogspot.com; www.furacandoribeiro.blogspot.com), que es quien ha motivado este post pseudo-natural.

Hasta aquí la descripción del autillo. Ahora bien, su canto, que para mí es extraordinario, es una llamada de atención para la hembra, una especie de reclamo para el apareamiento. Éste viene a ser una especie de pitido con un periodo de algo menos de cuatro segundos y si tenéis alguno cerca podéis cronometrar una regularidad asombrosa que puede llevar toda la noche, noche tras noche.

Pues bien, hasta hace poco, aquí en Soria, en la Dehesa de la Alameda, teníamos un autillo. Noctámbulo que yo, aquí, hago más amigo por considerarlo (mientras dura su época pre-apareamiento) un guerrero de la soledad, como yo. Sin embargo hace escasas semanas se ha sumido en el silencio la noche en la Dehesa (debió de ser estando yo de viaje) y –aquí viene mi indiscreción tomatera- eso sólo puede deberse a que nuestro amigo ha “pillado cacho”, dejándonos el exilio de la soledad (que no hace falta irse lejos para que aquel se dé) a los que podemos echar en falta la magia que el canto del autillo deja en la noche, como un espectro que se lamenta ante la perspectiva de la eternidad, siendo el miedo a estar solo insoportable cada cuatro segundos.



Penas aparte sigo con mi tomate hablando de un antiguo amigo nuestro. Se trata de Darko. Tras su desastrosa primera cita y siguiendo con el enfoque natural de este post, a mí me dio por pensar en la justificación evolutiva de estos perros. Un perro tan negado para el coito, por imperativo biológico, ha de estar condenado a la extinción, que no siempre por mamporreros subsistirán estos perros. Había algo que no cuadraba. Pues bien, el otro día se dio la justificación: Darko un solo “acoplamiento” y pleno, seis crías. Así que la explicación evolutiva, hablando por hablar, es: si no tienes puntería, mete muchos perdigones en la escopeta, a ver si la dispersión hace el resto. ¡Ese Darko, qué semental!

lunes, 2 de junio de 2008

LA LUCHA


Ya fue la Copa del Mundo de Madrid. La sensación que tengo es un tanto agridulce. Tenía claro desde hace ya algún tiempo que era mi última copa del mundo. El trato que la dirección técnica ofrece a los deportistas que no les consiguen medallas deja mucho que desear y si seguía en el juego, peleando a la contra (no sólo con los demás triatletas en la competición) y con todas las de perder, iba a acabar dejando de gustarme esto; y es ese un precio muy alto a pagar debido a causas tan pobres, tan sin valor, tan despreciables. Así que cuando, después de alinearnos, corrí por el pasillo hasta el pontón oyendo y viendo a la gente que me animaba (caras conocidas y amigas), lo hice con un nudo en la garganta y un par de rebeldes lágrimas asomaron con una timidez que fue reprimida implacablemente por la tensión del momento: era la última vez que haría eso, después de once temporadas corriendo pruebas de la WC; no echaré la competición, en sí, de menos, pero me fastidia no haber hecho resultados que creo que tenía que haber hecho. Pero hay mucho más triatlón fuera que dentro. Después, la tensión de la salida, mucho más tranquilo que otras veces. Yo también soy de nadar a un extremo del pontón, porque tengo poca envergadura para entrar a los golpes; pero cuando fui a elegir mi sitio ya había demasiada gente allí. Así que me puse en la mitad (siempre busco números primos... manías). Con neopreno no suelo nadar lo mismo y de hecho casi reviento (¡ese lactato!), pero ya me conozco y aflojé poco antes de los 200m. Creo que fue mi mejor natación con traje y debí salir de los diez primeros, pero me pasaron varios en la carrera al box. En bici se hizo un grupo de 20 en cabeza, en el que estaba yo bastante cómodo... hasta que empezó a llover. Y cómo llovía, hasta granizó. No fue tan malo como Pontevedra, pero yo me volví a bloquear de piernas (de patapalo) y cada subida era un suplicio, cada vez subía peor. En la sexta subida se cortaron un poco por delante (yo ya iba a cola) y paliza casi hasta boxes para empalmar. Lo hicimos, pero me volví a cortar en la séptima subida y me tiré toda la séptima vuelta para empalmar. Y empalmé, pero nada más empezar la octava subida, así que a la tercera fue la vencida y ya me quedé del todo. Toda la última vuelta acoplado y a correr como pude, destrozado después de tres vueltas a tope. Nunca me había quedado tres veces del mismo grupo. Era un buen día para hacer buena carrera, yo estoy poco contento con mi segunda mitad, aunque se debiera principalmente a los imprevistos meteorológicos.


Durante la carrera a pie me acordé de la historia del boxeador Jaime. Éste era un boxeador peso pluma que había en la Blume hace años. Era bastante delgado y poseía dos grandes tatuajes, uno por pectoral (ambos totalmente cubiertos), uno de Jesucristo y otro de su madre, Antonia, nombre que figuraba en la leyenda tatuada sobre las costillas. Era algo tartamudo a veces –o nervioso, mejor dicho-, pero tenía mucho gracejo contando historias. Un día nos contó su primer combate internacional. Acudió a él lleno de ilusión y motivado como si fuera a ganar un mundial. Tenía que pegarse contra un búlgaro. Llegó el momento de la pelea y sonó la campana. Jaime salió a comerse a su rival y cuando le llegó el primer golpe supo que las cosas no iban a salir como él había esperado. “¡Qué hostia me dio nada más empezar! Nunca me habían pegado así”. Al poco Jaime se vio envuelto en una tormenta de puñetazos que llovían, que granizaban, sin saber cómo ni cómo no, sin poder hacer nada más que cubrirse lo humanamente posible en semejante lapidación. Mientras se iba mentalizando para su KO, pensaba con admiración “Joder, ¡qué bien pega este tío! ¡Qué hostias me está dando!”. Después de contarnos su estreno internacional se fue repitiendo “¡Qué bien pegaba!”. Me maravilló que se pudiera admirar en vivo y en directo el arte con que te parten la cara. Mi caso era distinto, pero mientras corría KO, al cruzarme con Javi, pensaba “Joder, ¡qué bien lo hace!”

Al final entré en la alfombra de meta, aplaudiendo a un público que aguantó viento y marea, sin achicarse lo más mínimo, héroes también ese día. Muy agradecido a todos por el apoyo, en especial a “mis incondicionales” de Gandía. Gracias a todos.




En otoño de 1805, cerca del cabo Trafalgar, se iba a producir una de las batallas más épicas de la historia. Por un lado “un combinado” franco-español, comandado por Villenueve, y la flota británica, comandada por Nelson. Los nuestros, por orden de Villenueve, que era un cobarde y rehuía la lucha, estuvieron anclados en Cádiz dejando pasar los vientos favorables, mientras sus rivales esperaban. Napoleón estaba bastante enfadado con su general por eso, de forma que éste sentía la espada de Damocles pendiendo sobre su cabeza. Parece ser que en una reunión un tanto desaforada con todos los capitanes (franceses y españoles), Villenueve ordenó salir cuando las condiciones de viento (flojo) no eran las favorables para los nuestros. Los capitanes españoles eran contrarios a salir por motivos estratégicos, pero, tras alguna insinuación de cobardía por parte de algún capitán francés hacia los españoles y su consecuente “¡Voto a tal! y mano a la espada, resolvieron todos salir a la mar para entrar en combate, maldiciendo su suerte.



El combinado franco español estaba dispuesto en linea (más o menos un arco) con distancias de una cuerda entre pecio y pecio. Nelson, con barlovento, pero bastantes menos barcos y un par, se dirigió, formando dos columnas, al centro de la formación enemiga dispuesto a embestir. Su objetivo era romper la formación y dividir las fuerzas del rival. Nelson lo hizo, rompió la línea franco-española y su disposición fue muy favorable, empezando a repartir estopa. Algunos de los navíos españoles empezaron a tener serios problemas, entre ellos el insignia español, el San Juan Nepomuceno, un gigante de cuatro mástiles; las cosas pintaban mal. Al poco de empezar a bregar Villenueve, desde el Bucentaure, ordenó retirada a aquellos que se la pudieran permitir, queriendo dejar a su suerte a aquellos que estaban ya rodeados, que no eran pocos. Algunos barcos españoles iban en la formación del Bucentaure que huía.
A lo lejos veían barcos de los suyos peleando a la desesperada, entre el humo de los cañonazos, desarbolados, pero sin entregar la nave ni rendirla hasta el final. Estos barcos españoles de la formación de Villenueve desobedecieron la orden directa de Villenueve de no abandonar la formación y fueron a auxiliar a los suyos, dirigiéndose a una derrota segura y, probablemente, a la muerte. En la prensa británica, que relataba la crónica del parte de guerra, se mencionaba y se alababa con especial énfasis el valor y el arrojo de los marineros españoles peleando ya claramente derrotados. Yo soy medio español y medio británico (de pasaporte, eh, que soy medio escocés), pero para mí aquel día está muy claro quienes fueron los héroes, y no fueron principalmente los británicos. Perez-Reverte, que a mi juicio es un escritor bastante flojo, basa su novela Trafalgar en esa heroicidad; creo que se pasa ensalzándola, pero tomo esa actitud ejemplar (objetiva históricamente hablando) con orgullo, orgullo español, pero hay veces que me pregunto qué ha sido de ella. Y a eso voy si alguién se pregunta a qué viene esta “incongruente” reseña histórica (es, en realidad, una analogía –para mí- bastante clara).

Así, que esta es mi opinión sobre las retiradas cuando las cosas no pintan bien. Claro es que con nuestro director técnico, aparentemente incapaz de apreciar el coraje de luchar hasta el final si no hay una medalla que se pueda vender (a lo sumo es incapaz de expresarlo, pero creo que esto ya es excesivamente benevolo). Ve con mejores ojos, en estadísticas minusválidas de interpretación parcial, al que ha hecho un 15º (independientemente de los DNF) que al que se ha dejado la piel en todas las carreras con peores resultados. Si estás en el juego resulta más rentable quizá no perder credibilidad (aún a costa de perder el orgullo) cuando el que te juzga no ama el triatlón ni aprecia la lucha cuando las vacas son flacas, ya que esto no le resulta en beneficio propio. Entonces, motivos y excusas múltiples (legítimos o no tanto) explican estos DNF, pero de ninguna de las maneras son de mi gusto, y desde luego no están a la altura de un público que se ha acercado a animar (en este caso) bajo el diluvio. Las estadísticas de DNF son orientativas y a veces engañosas (en los DNF no se especifica si es por ser "lappeado", cosa que me ha pasado una vez, haber pinchado o roto la cadena como Tayara, que hacía un carrerón, ni expresan otros accidentes como por ejemplo acabar una WC con tres costillas rotas como hice en Hungría en 2003), pero el público que se acerca a ver la carrera creo que fue capaz de ver que Paquillo le echó unos huevos aún a pesar de entrar el último, quizá, a lo sumo, el más lento de los valientes no "lappeados".

Cuando yo empezaba a descubrir lo que era el tri veíamos fotos de Mark Allen, acoplado y con las melenas al aire, como un Sansón heroico, peleando en solitario en el Ironman. A mí se me antojaba que eran (esos Ironmen) como los últimos aventureros, junto a los alpinistas. Tiempo atrás Stanley y Livingston ("supongo"), aventureros de los de antes. Héroes cuyos ejemplos nos enseñan a pelear, a ser constantes, a permanecer inquebrantables, a no darnos por vencidos. Ejemplos para los que vienen, los más jovenes. Ejemplos que valen para el trabajo, los estudios, para la vida, donde entregar la cuchara a la primera no es lo que mejor resulta y no es lo que nos gusta ver, y menos aún a nosotros mismos. Por eso me parece que ha habido, triatléticamente hablando, un cambio generacional (y no hablo sólo de la WC de Madrid, que quizá se deba al juego al que la D.T. obliga). Y ahora tiene cabida el no pelearlo, el chupar rueda en las pruebas sin drafting, lo que parezca de cara al público (y no lo que es uno para con uno mismo), la "superficialización" (si me permitís inventar el término) de nuestro deporte. ¿Es un cambio generacional o un olvido temporal de dónde venimos? Yo personalmente tengo intención de profundizar (y uso deliberadamente este término en oposición al que inventé antes), aunque sea un viaje al pasado, volviendo a las raices. Cómo ya he dicho antes aquí, citando a Pompeyo, “Navigare necesse, vivere non est necesse”.