lunes, 31 de marzo de 2008

Un poco de tomate

No suelo ser de cotilleos. Son cosas que generalmente producen perjuicio y ningún beneficio más allá del de sentirse importante durante los segundos en que se tarda en contar la información “privilegiada”. Luego están esos cotilleos de tasca entre varones donde la fanfarronería establece una competición abierta de reglas tácitamente aceptadas que pretenden esclarecer quién es el más pichabrava de los participantes, aun a costa del descaro y la desvergüenza de las infinitas e impunes mentiras; tampoco soy muy dado a estas bravatas de barra de bar, aunque sólo sea porque soy de la opinión de que la discreción facilita la posibilidad de repetir dichas bravatas aunque éstas queden relegadas al secreto y a la furtividad: allá cada uno con sus prioridades, pues la “fama” es efímera, mientras que los recuerdos son para siempre y la experiencia la mejor escuela.

Alguna vez he visto esos televisivos programas mierdosos (palabra que aquí no pienso entrecomillar: es la apropiada), llamados del “corazón” (aquí entrecomillo: que un órgano tan vital, literal y metafóricamente, quede relegado a la altura de un “periodismo” degradado, un subproducto, es un despropósito), y no lo he visto sin reproche para todo el que esté a eso (incluyéndome a mí mismo en ese instante).

Pero a todo esto, siempre hay alguna vez en que hay que hacer una excepción. Y es que hay veces que uno es indiscreto cuando se alegra por un amigo. Así que hoy me voy a dar al chimorreo, un rato sólo.

Resulta que un buen amigo, el mejor amigo –dicen-, perdió el otro día la virginidad. Llevábamos ya tiempo metiéndole presión, porque pensábamos que, aunque no tiene demasiados años, ya iba siendo hora de que experimentara ciertas cosas. Así que tuvimos que hacer unas gestiones y le conseguimos un apaño. La verdad es que dicen que el placer de la conquista puede superar al sexual, pero no se referirán, supongo, a la primera vez y este amigo es muy parado y no se le da bien el rol donjuanino. Pragmatismo al poder.

Así que tras unas breves carantoñas y los juegos preliminares más rápidos de la historia nuestro amigo, oliendo el percal, enloqueció, perdió por completo los papeles y, ofuscado, no atendía a la lógica biológica ni anatómica, dándose a las embestidas sin la más mínima sensibilidad ni visión por su parte. Sobra decir que su pretendida se vio sorprendida y no supo reaccionar muy bien, viéndose vencida por el peso de los embistes del ansioso debutante, que está algo pasado de peso y no controla su fuerza. Cuentan testigos presenciales que al principio intentó un abordaje fronto-facial y nos consta que no pretendía, así, de entrada, una felación, cosa que se le quedaba muy complicada a un principiante tan desinformado como él. Visto que no funcionaba, intentó una embestida lateral, atacando por el costado, lo que dejó sin habla a los citados testigos presenciales, que, sin dar del todo crédito a sus ojos, no entendían la finalidad de dicha maniobra así se hubiera tratado incluso de un surrealista perro andaluz. Finalmente abordó la orientación natural, pero no atinaba, pues el frenesí sexual le obnubilaba tanto que, de empujar, acababa pasando por encima de su –creo que ya podemos llamarla así- víctima, encontrándose exasperado otra vez sólo, desorientado y, lo que era exasperantemente peor, aún sin desvirgar. Habida cuenta de la desesperación que se apoderaba de todos los presentes y de que la cita no atendía sólo a motivos sentimentales, si no también a motivos reproductivos, los dos testigos presenciales se decidieron a intervenir, a pesar de lo poco decoroso de la intrusión: no hace falta decir que el oficio de mamporrero no resulta de agrado a ningún sujeto mentalmente equilibrado. Así que cada uno de los dos téstigos, haciéndose partícipes del acoplamiento, sujetó y guió a cada uno de los amantes consiguiendo llevar a buen puerto el problemático coito canino que tanta guerra estaba dando. Nuestro “antihéroe”, lejos de amilanarse o de querer mostrar dignidad ante tan vergonzante y súbita ayuda que evidenciaba cruelmente su incapacidad, obvió la humillación y aprovechó la tesitura, pues aquel apoyo inesperado se presentaba como la inmediata culminación, como la sublimación, de sus más ardientes anhelos, prestos ya a desbordarse y a llevarlo al delirio. Al poco, poquísimo, el testigo A, que sujetaba a nuestro amigo, sugirió que éste había terminado, cosa que corroboró el testigo B que podía ver de frente cómo nuestro donjuán se había quedado dormido en “el acto”, en una actitud típicamente masculina, desatendiendo emocionalmente a su pareja, ajeno a su desencanto, por culpa de esa maldita relajación postcoital que tantos y tantos años de estrés -por la contingencia insatisfecha- hicieron insalvable, condenándole, una vez más, al tiránico dictado del “¡qué dirán!”. Visto todo esto el testigo B, dedicado a la cría de perros desde hace años y, por tanto, experto en canes (aunque evidentemente nunca prevenido al 100% del famoso dicho latino “Cave canem”), sentenció: “Nunca he visto un perro tan inútil como éste”, frase que bien pudiera resumir todo el proceso descrito con anterioridad.


¿Qué le vamos a hacer? Supongo que serán cosas de la endogamia canina de los perros de raza. Seguro que si se hubiera portado como un libidinoso Romeo, si se hubiera portado como un lascivo sátiro perruno, si hubiera actuado con el ímpetu afrodisíaco e incontrolado de cien prisiones para hombres o de cien perreras, manejando la pericia más minuciosa del más exhaustivo can-masutra, ¡si simplemente hubiera dado un poco la talla...! no le querríamos más que ahora.


Así que, Darko, resumiendo, enhorabuena. No es cómo se empieza, si no cómo se acaba (me refiero a lo largo del tiempo, en distintas ocasiones, no a lo que hiciste el otro día). Eso sí, como a la próxima te vuelvas a portar como un negado se te acabó el chollo, que con ese fiero aspecto que la naturaleza de tu raza te ha dado no te puedes permitir una fama amatoria como la que te has empezado a labrar para descojone de la familia que te cuida y que te quiere.

¿Por qué no le llamaríamos Rocco o Casanova? Desde luego, lo de doggy-style no iba por ti.

lunes, 24 de marzo de 2008

La humildad

Voy a aprovecharme otra vez de la monserga filosófica para el post de hoy. Yo tengo cierta debilidad por Shopenhauer, pero no del Shopenhauer filósofo, si no del Shopenhauer persona; tanto que hasta el nombre me gusta lo suficiente como para repetirlo tres veces en la misma frase. Hace un tiempo, cuando alguien me pedía recomendarle un libro le aconsejaba “El mundo como voluntad y representación” y hacía un esfuerzo por no reírme, que es lo que suelo hacer cuando intento gastar una broma, estropeándola automáticamente. No que el libro sea malo, cosa que no sé, pues, aunque lo tengo comprado, no lo tengo leído. Pero se trata de un “troncho” de mil páginas muy densas en las que nada más empezar a leer el autor te pide primero que te pongas las pilas con Kant, que si no no te vas a enterar de nada, y luego que lo leas dos veces, “la primera con mucha paciencia”. La madre de Shopenhauer, de la que alguno se acordará peleándose con “El mundo...”, era una escritora de cierto éxito en la época, que llevaba una vida libre y desenvuelta que contrariaba a su hijo, lo que solía provocar bastantes disputas entre ambos. Cuando el hijo pasó a la madre su tesis doctoral ésta se burló diciendo “Debe de ser un libro para boticarios”. “Se seguirá leyendo –replicó el joven- , cuando ya no quede un solo ejemplar ni en los trasteros”. Ella contesto: “De los tuyos, la primera edición estará completa por vender”. Ambos acertaron.

Shopenhauer sabía de su talla intelectual, pero no era modesto:

“¿Qué es la modestia, sino una humildad fingida, por medio de la cual se quiere, en un mundo rebosante de infame envidia, mendigar el perdón por las cualidades y méritos, de aquellos que no las tienen?

Desde luego, la virtud de la modestia es un invento que vale muy bien para los desarrapados; puesto que todo el mundo tiene que hablar de sí mismo con modestia... como si no hubiera otra cosa que desarrapados.”

Shopenhauer es algo extremo a la hora de expresar lo que piensa, aunque en el fondo no le falte razón. Yo por mi parte tampoco soy de modestia; quiero pensar que soy humilde, me esfuerzo por ser humilde. Pero de la misma forma que no conozco a nadie que diga de sí que es mala gente, cuando me consta por experiencia que hay mucha, yo podría estar equivocado y no ser humilde, aún cuando lo pretendo. Cuando alguien, exagerando, me alaba lo agradezco con modales, pero preferiría que se pusiera en mi lugar y no lo hiciera, pues, aparte de que las alabanzas debilitan, a mí me hacen sentir incómodo. Coincido en que la modestia es una humildad fingida o, al menos, forzada, pero concedo que es una herramienta útil para la convivencia social de la que hay que echar mano según con qué personas y según con qué situaciones. Identificamos falta de modestia con arrogancia; me parece un error conceptual: la modestia es una expresión forzada (socialmente hablando) de una humildad real o fingida, pero no se deja de ser humilde por no mostrarse modesto. Lo que no aguanto es la modestia fingida, sobreactuada (¿humildad “requete”-fingida?), como cuando en pre-escolar te venía algún compañero enseñándote su dibujo, diciendo, con cara de pena, “¡Mira que mal me ha quedado!” ... y tú, con inocencia y bondad infantiles, adivinabas que tu labor social y amistosa era desmentirle y darle un poco de jabón para que se fuera reconfortado y seguro de sí mismo a casa. Digamos que la humildad real es una actitud para con uno mismo que trasciende para con los demás, en ese orden y no al revés, que es lo que la modestia pretende aparentar. Pero dejemos ya las definiciones.

Y sin embargo la humildad...

Seguro que alguno ha oído alguna vez mencionar la diferencia de carácter que hay entre fondistas y velocistas. Sólo hay que ver que el gasto energético que los corredores de 100 lisos realizan en su prueba se debe principalmente al numerito que montan justo después de quitarse los tirantes (que es donde realmente exhiben una velocidad prodigiosa) para enseñar pectoral. El fondista, sin embargo, está sometido continuamente a ejercicios de humillación: el entrenamiento consiste, resumiendo, en reventarse, en llegar al punto donde ya no puede, donde es incapaz, donde es “poco”: lo que no deja lugar al ego desmedido (donde se es o se cree que se es “mucho”). Debe haber en el fondista, para el que son necesarias tantas horas de entrenamiento, una dosis natural de humildad para saber, al acabar cada entreno, por muy bien que haya ido, que falta por hacer, que prima la constancia y que el talento nunca es suficiente si no hay un sacrificio de horas y horas de paciente trabajo: aquí la arrogancia y la soberbia no tienen lugar. Éstas impiden el seguir trabajando; te hacen bajar la guardia y caer.


Voy a poner un ejemplo concreto. En el 97 quedé 3º en el mundial junior, en el 98 gané el europeo junior y quedé subcampeón de España absoluto, siendo junior; los tres resultados con relativo poco esfuerzo, sencillamente es que estaba en buena forma, supongo por esas rarezas hormonales que tiene el final de la pubertad y el ir relativamente descansado (entrenar recuperando). Nunca me he excedido con la modestia (creo que cansa pronto), porque me parece de una hipocresía y falsedad sangrantes y llega a ser una forma lastimosa de adulación, pero tampoco creo que tuviera soberbia excesiva para alguien de 19 años (...19 años, algo de soberbia sí, supongo, ¿por qué iba yo a ser distinto?). La posibilidad de la olimpiada estaba ahí y, aún con los resultados obtenidos, yo no había olvidado la importancia del trabajo. En el 99 entrené como un salvaje sin cuidar recuperaciones y en ese aspecto yo sí parecía humilde (dejo de lado este tipo de humildad: el fondista que no sepa que hay que trabajar lo lleva claro). Sin embargo, llegadas las competiciones yo no estaba a un nivel decente por diversos motivos (lesiones, anemias, cansancio... entrenar y no recuperar: ¡qué simple parece! ¿no?). Hasta aquí, cosas que pasan. Ahora bien, yo me estaba retirando en demasiadas carreras, y estaba dejando de competir por estar mal. ¿Ocurría que yo no aceptaba ir a un nivel por debajo del que yo creía que me correspondía? Mark Allen decía “Si estás al 80%, intenta dar el 100% del 80%”. Yo no tenía humildad suficiente para aceptar la situación y hacerle frente (sí para reconocerla). ¿Cómo iba a sacar todo lo que llevaba dentro de mí cuando estuviera en forma, si no era capaz de buscar recursos personales para exprimir mi rendimiento yendo mal, cuando era más necesario? Esa actitud me llevaba, incluso estando en forma, a tirar la toalla a la mínima, quedándome sólo, como única opción, la carrera perfecta... que no existe. Por suerte me di cuenta, pero sigo viendo gente, después de muchos años, que cuando se tuercen un poco las cosas se retira o se deja ir. A veces, posteriormente, he llevado el planteamiento opuesto (sufrir hasta el límite), al extremo de la humillación pública, concentrado en el proceso interior que a mí me interesaba, tanto que incluso el año pasado en una prueba me costó mucho retirarme a pesar de que estaba clarísimo que era lo más inteligente y necesario en diferentes aspectos.

Después estuve entrenando unos años con César Varela, del que aprendí muchas cosas, principalmente a trabajar duro a pesar de la adversidad (cosa que llevé a extremo y que me ha estado dando problemas estos años de atrás: sobreentrenamiento); pero otro problema relacionado con la humildad me estuvo dando problemas esos años.

Aprendí a trabajar a pesar de los problemas. La moneda de cambio era el curro. Creo que nadie me puede echar en cara ser vago como triatleta (como nadador vago fui un “jefe”). Así que llegaba el momento en que me ponía en forma y no me daba por pensar mucho en la humildad. Ícaro tampoco debió pensar mucho en ella por ahí arriba. En muchísimas carreras, por el ansia de querer más, me excedía entrenando y llegaba hecho polvo a pruebas importantes, aún estando muy en forma. Creo que ha habido muchas copas del mundo que he estropeado de esa forma. No tenía la humildad suficiente para ver que ya estaba el trabajo hecho, que hasta ahí daba (no hay milagros a última hora: y si tienes fe en los milagros, guárdala para el tri... ¡deja algo para el tri!), que había un plazo X de tiempo de recuperación para un humano, que el hacer una machada a última hora no implica una competición buena, etc.etc.

Otro tipo de humildad es la que nos hace respetar a los rivales, sean del nivel que sean. Generalmente el no valorar a los demás es cuando... nos la meten doblada (quería usar una expresión más suave, pero esta es la que nos sale cuando... nos la meten doblada; disculpad otra vez). Pues que sea porque no hemos dado para más, no por crecidos.

Sé que se trata de “humildades” muy sutiles, pero, a mi juicio, esenciales. De todo se aprende. Yo he puesto mi ejemplo hoy aquí, no como un ejemplo de culto al ego ni tampoco para mi escarnio por mis actitudes incorrectas en el pasado, si no por no usar ejemplos de otros deportistas que tantas veces veo para que nadie se sienta ofendido; de todas formas –dicen- con los años uno va aceptando lo que es y dejando de lado lo que uno se empeña en creer que es o lo que a uno le gustaría ser.

A mi juicio, actualmente, no hay un sistema de control de carga eficaz y cotidiano (accesible a cualquiera) que te dé información objetiva sobre lo que haces y cómo lo lleva tu organismo. Una de las herramientas que yo me esfuerzo por usar es la humildad. La humildad que me obliga a currar abnegadamente tanto como (muy importante para los que atendéis una extenuante vida laboral:) la humildad que me hace ver hasta dónde puede mi cuerpo (para, a partir de ese punto, dedicarme a recuperar), pasando por la humildad que me permite realizar la mejor competición, sacando todo lo que llevo, sin subestimar o sobreestimar a nadie ni a mí mismo. Sobre todo, sin traicionarme a mí mismo y sin dejar de esforzarme por saber de verdad quién soy y cual es mi situación (...ya sabéis: “Conócete a ti mismo”).

lunes, 10 de marzo de 2008

Barcelona FC Vs. Celtic. Deporte y Salud

Llevaba ya unos días de asueto cibernético. Bastantes días. Son cosas que nos ocurren a aquellos que, más que creer en el trabajo (“literario”), creemos en la inspiración o, sobre todo, en la pereza. Muchas cosas pasan todos los días y muchos de esos días me gustaría plasmar lo que se me ocurre aquí como un guiño cómplice que se hace a un amigo, pero, como ya he dicho, la pereza (perreza) y la inspiración para estar haciendo cualquier cosa menos enfrentarme a un teclado o una página en blanco primaban.

Siendo la memoria de una fragilidad e inexactitud caprichosas me voy a limitar a hablar de lo más reciente. El pasado martes me invitaron a ver el partido de la Champions que enfrentaba al Barcelona FC contra el Celtic de Glasgow en un palco privado de empresa con catering pijete y buena compañía. Es sabido que soy poco “futbolero”. Pero habida cuenta de la tradición “céltica” de mi familia escocesa (mi hermano se llama Michael Patrick y mi primo John Paul, nombres católicos donde los haya con los que es imposible tener nada que ver con el Rangers), si no iba, corría el riesgo de perder mi nacionalidad escocesa aparte de ser caledónicamente repudiado. Así que como experiencia social nueva y como regalo impagable de Rubén “Perri Meison” Andrés que no podía rechazar, me lié la manta a la cabeza y me dispuse para hacer un viaje relámpago a Barna justo el día en que la mitad de las carreteras de Soria quedarían prácticamente cerradas por la nieve.




Así que partimos Rubén (dcha.), “Litos” (izda.) y yo y, como no podía ser de otra forma, nos tocó correr por toda Barcelona para recoger las entradas, aparcar el coche lo más cerca del Camp Nou y llegar allí a tiempo... 5 minutos antes de empezar, lo justo para no poder gorronear canapés con el pase VIP que teníamos, que venía del viaje muerto de hambre.



La experiencia, con la que no os voy a aburrir mucho, fue impresionante. Para mí, por encima del juego, del deporte, la oportunidad de sentirse en comunión con otros que experimentan los aficionados, los cánticos de la afición (me refiero a la del Celtic, claro, de la que ya puse aquí una foto hace unos días). No os voy a contar mucho más, pero fue toda una experiencia. Como podéis ver en la foto, Rubén me consiguió una camiseta del Celtic que lucí como buen aficionado a pesar de que estaba claro que íbamos a perder; que lucí, sonriendo, mientras perdíamos. La cara oculta fue tener que conducir (me ofrecí a hacer yo la vuelta) hasta las 6 de la mañana por los problemas con el temporal de nieve, algo tensos, algo cansados, pero con buena charla para hacerlo más ameno, por lo que no hubo ningún problema.

A pesar de que no soy muy futbolero, el espectáculo estuvo bien. Pero claro, yo me voy más a pensar en el deporte que en el espectáculo.

Les ha llevado a los gobiernos de occidente muchos años darse cuenta de que era más rentable combatir el tabaquismo que recaudar los impuestos con los que gravan el tabaco. Claro, se trata de una rentabilidad a largo plazo. El tabaquismo de los últimos –pongamos- 30 años es responsable hoy en día de un gasto sanitario exorbitado (no os imagináis cuánto). De esto se les viene advirtiendo a los gobiernos desde hace tiempo, pero hasta ahora no se han decidido a tomar medidas en el asunto. Digamos que se trata de una actitud un tanto infantil al no ser capaces de postponer un bien inmediado por un “mucho mayor bien” futuro. Eso o que nunca hemos tenido gobiernos responsables con voluntad política (voluntad de estado, voluntad de gobierno responsable para el bien del pueblo), si no gobiernos con voluntad de perpetuarse en el poder con datos económicos (sesgados, inmediatos y parciales) positivos. Debiera ocurrir lo mismo con el alcohol. En estos dos temas no soy de la opinión de prohibir, como han hecho políticos cuyo lema hace 30 ó 40 años era “prohibido prohibir”. Se trata de educar y concienciar; creo que es como se trabaja la prevención en una población madura y educada, si no es que nos tratan como a niños o como a ignorantes o imbéciles.

Con la ecología ocurre algo similar. Mientras hay quien niega una evidencia como el cambio climático, puede parecer que hay gobiernos y empresas concienciadas con el tema. Yo creo que son gobiernos concienciados con el marketing de vender electoralmente ecología mientras favorecen descaradamente empresas que contaminan sin pudor y proponen leyes blandamente proecologistas de dudosa eficacia y escasa dureza; y empresas concienciadas con el marketing de vender más coches porque han plantado unos cuantos árboles cuyo futuro nadie, aparte de las empresas madereras, garantiza. Y se trata nuevamente de un asunto de rentabilidad, pero a largo plazo. Yo no digo que no haya que cuidar de la economía, es el motor del mundo a fin de cuentas: los gobiernos se cuidan más de la macroeconomía y olvidan algo la microeconomía, que es de la que nos tenemos que cuidar la mayoría de nosotros. Un gobierno responsable y el ser humano como especie están obligados a cuidar más la rentabilidad a largo plazo, como única forma de hacer viable nuestra civilización y nuestra especie.


A lo que iba. Hace poco se comentaba en la prensa que los niños españoles eran los segundos más obesos... ¡del mundo! Me quedé escandalizado.

El recuerdo que tengo de mi infancia era el de estar todo el día haciendo “el indio” en la calle, donde cada cuando se oía a una madre gritar “¡Fulanito! ¡A comer!” seguido de la invariable respuesta “¡5 minutos más!”, que en el argot infantil venía a equivaler a media hora, prorrogable hasta la siguiente llamada. Hoy supongo que pelearán por poder echar una partida más a la “Play” mientras sus culos y panzas engordan en el sofá y dejan de hacer amigos en otro sitio. Aparte estará el problema de la dieta, de los curros de mierda de ambos padres (que no dejan cuidar decentemente de los hijos), de la comida basura, de la pérdida de la famosa dieta mediterránea, etc. ¿Qué sé yo...? ¡¡Los segundos más gordos del mundo!! La insuficiencia cardiaca es la única enfermedad cuya incidencia se estima que subirá a pesar de los avances de la medicina. Pues a continuación una intervención con futuro:





Por eso cuando voy a correr un cross, como el Cto. de España de clubs el otro día, con toda la chiquillería de las categorías inferiores jugando por ahí o veo escuelas de natación en la piscina con el escaso apoyo institucional que reciben, pienso en el mérito que la gente que lo lleva tiene; me gusta mucho verlo. A qué esperan las organizaciones gubernamentales para apoyar el deporte. ¿Se conciencia a la población para hacer deporte? ¿Se educa al ciudadano en hábitos de vida saludables? ¿Se interesa activamente el político por la salud futura del pueblo o sólo demagógicamente para quedar bien? ¿Se promociona la cultura deportiva? A todo, yo creo que no.


Se da un tratamiento injusto a los distintos deportes por parte de la prensa deportiva y general. Puedes leer quién dio positivo en la Tirreno-Adriático en el País, pero no mencionan quién ganó la prueba. ¿Es tan importante que Javier Clemente entrene al Murcia que no se pueda hablar del Mundial de atletismo en el telediario de Telecinco? Ya si hablamos de los deporte de Antena 3 es para echarse a llorar. En La Primera tenemos que ver el mundial de atletismo (¡en Valencia!)entrencortado porque las empresas del motor mueven más dinero y tenemos que ver una de las pruebas del mundial de motos de 125 (¡en Doha!); la Primera tiene los derechos de las Copas del Mundo de tri, pero ni las emite ni las cede y luego te enteras de que RTVE arrastra déficit. No hay cultura deportiva y la prensa tiene ahí su responsabilidad: hay interés en fútbol porque lo único que conoce la gente es fútbol. ¿“Correr es de cobardes”? Morir antes de tiempo es de imbéciles... o de suicidas. Me parece bien que entren casi cien mil personas en el Camp Nou, Nou Camp o como se diga. No me parece bien que no se promocione el deporte –valores y principios aparte- como forma de mejorar la salud presente y futura de la población, desde mencionar justamente a sus héroes para que representen un modelo ejemplar a seguir (no mencionar desproporcionadamente a sus villanos por el morbo “salsarrosero” de sus trampas), hasta hacer ver que hay una diversidad de deportes con mucho que ofrecer en muchos aspectos (social, sanitario, ecológico...), pasando por el apoyo a todo tipo de escuelas deportivas que actualmente hacen milagros con unos recursos escasísimos a base de ganas y corazón, ganas y corazón que los políticos ponen en mirar a otra parte, precisamente a la parte que toca a su bolsillo: se trata de otra rentabilidad, no la de largo plazo que hemos comentado, que es la que les hace ansiar el poder y olvidar cual es su responsabilidad.

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Por cierto, hablando de políticos, ayer elecciones. Creo en la idea de democracia, no en que ésta exista, por eso me niego a ir a votar. Como ejemplo, dos partidos sólo han tenido opción a la propaganda masiva que supusieron los debates. Injusto a todas luces. Que le pregunten a los sorianos de qué les sirve tener 2 escaños de representación; ¿para legitimar el olvido institucional? ¿Es justo que los verdes tengan votos a nivel nacional (pues sus intereses son nacionales) para tener escaños, pero que divididos por provincias no puedan hacer nada? ¿Me tengo que mudar a Barcelona para que mi hipotético voto a los verdes sirva de algo? ¿Vale lo mismo mi voto que el de mi abuela, a la que habrán subido las pensiones hace dos días y que poco sabe del tema? Mejor no entro a opinar mucho más; mi opinión vale casi tanto como todas esas ofertas electorales de mercadillo que hemos estado sufriendo. Por cierto, en la foto del pleno, vemos qué pleno... sólo toman decisiones sobre el futuro del país, da igual.