jueves, 21 de febrero de 2008

Satisfacciones e insatisfacciones


Voy a aprovechar la etiqueta pseudofilosófica que me ha caído para hablar de Diógenes de Sinope. Cuentan de él la anécdota de que cuando Alejandro Magno, señor del mundo en la época, le ofreció cumplir cualquier deseo que le pidiera. Diógenes, que vivía en un tonel, le pidió que se apartara, que le estaba quitando el sol; Alejandro Magno contestó: “Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes”. Su única posesión era una cáscara de calabaza para beber agua, pero la tiró al ver que un perro podía beber sin ella. Este último hecho, casi genial, me parece muy gracioso: “¡Va a ser un perro más que yo!”. Recibió el sobrenombre de kyon, “perro” y de ahí probablemente viene el nombre de toda una escuela.

La escuela cínica fue una escuela socrática fundada por Antístenes. Más que una escuela es una colección de personajes que vivieron desde la época de Platón hasta la época romana. Su lema básico era la “carencia de necesidades”. Por tanto no ejercían oficio alguno, eran ciudadanos del mundo pobres y, resumiendo, les resbalaba todo. Desdeñaban la especulación conceptual, por lo que, en la doctrina cínica, todo era sencillo. Les resultaba importante lo que eran, no lo que tenían.

Al hilo de lo que hablábamos el otro día de la música, subía otra vez por “La Dehesa” escuchando una música que suscitó en mí una de sensación de carencia, de querer estar en cualquier otro lugar, en cualquier otro tiempo. Echando de menos todo lo que fue y también, a ratos, echando en falta todo lo que está por venir; olvidando que estamos agraciados con la acción y el presente, sin aprovecharlos, ocupados en distracciones como ésta. Era una especie de vaga nostalgia. Y a continuación empezó a sonar “Satisfactión”, por los Rolling. Y empecé a reflexionar, perdón, a pensar (que “reflexionar” se me queda grande) sobre la insatisfacción.

Decía Don Ramón, en una de sus greguerías, que la nostalgia era el dolor del recuerdo. Yo supongo que esa sensación mía se debía algún fenómeno neurológico en concreto como ocurre en los “deja vú”. ¿Nostalgia de qué? De algún otro tiempo o lugar aparentemente satisfactorio en el que, seguramente, también sufría alguna otra nostalgia, nostálgica, a su vez, de otra nostalgia, y así sucesivamente, para llegar a la conclusión de que son todas nostalgias de una satisfacción ficticia, inventada, casi incluso fingida por la memoria y el autoengaño, porque siempre parecemos insatisfechos... somos así. Puede que nuestra motivación a la hora de actuar sea siempre final, es decir, hacemos las cosas para lograr algún objetivo (no por algo, si no para algo); logrado ese algo, satisface un poco, pero se olvida rápidamente y a por “otro algo”. Así interminablemente: siempre insatisfechos.



Al hilo de lo que iba diciendo. Como llovía (literalmente) mientras volvía, aproveché para refugiarme (metafóricamente) bajo la Stoa Poikilé durante unos minutos para pensar en estas cosas (enfoque estoico = “ajo y agua”, pero da una perspectiva para seguir reflexionando, perdón, pensando más o menos tranquilo). Ya he dicho alguna vez que las cosas son “así” y, por eso, “así” están bien. Y no está mal la Stoa, pero leyendo los “Poemas de Alberto Caeiro”, de Fernando Pessoa, versos de un poeta (heterónimo) de la naturaleza, da la sensación de que no hace falta mucho para estar contento con todo, si es poco lo que se necesita. Así que quizá nos convenga ser un poco cínicos, en el sentido filosófico de la palabra, y no necesitar mucho o, al menos, que esa necesidad no condicione nuestro bienestar.




En España, a pesar de Séneca, hay poca tradición estoica; creo que hay poca tolerancia a la frustración. Las aficiones de los equipos de futbol, por ejemplo, si la cosa va bien, cojonudo; si no, comienzan las lapidaciones. No digo ya que sean aficiones incondicionales como en otros países (habría que disculpar a la del “Atleti” o a la del “Cai”), pero no siempre se puede ganar y habría que resignarse algo más. Habrá que pensar que se debe a que somos unos optimistas incurables, pensando que todo va a salir siempre bien, para chocar después con la cruda realidad; porque si no va a resultar que es porque no sabemos perder.


Los estoicos proponían un estado de ausencia de instintos y pasiones, “apatheia”. La escuela estoica está directamente relacionada con la cínica, pero se diferencia de ésta en que no tiene un enfoque egoísta y contempla un programa de vida válido que no reduce nuestras acciones a un mero comportamiento animal (funciones básicas); fueron, los estoicos, los primeros en plantear la justicia y el amor al ser humano de un modo universal (no se excluía a los esclavos ni a los bárbaros). Además proponían una vida de acuerdo con la naturaleza, y la naturaleza humana es racional: sólo una vida de acuerdo con la razón es virtuosa y feliz; lo demás les resulta indiferente. Voy a dejar a los estoicos aquí, porque justo en este punto es donde quiero empezar otro día para hablar de criterio y carácter.

Así que, volviendo a la insatisfacción, me quedo con la idea de que carece, generalmente, de fundamento, pues, casi siempre, tenemos todo lo necesario; de esta forma, en lo que me concierne, me desafío a mí mismo a espantarla cada vez que aparezca, porque, teniendo lo que necesito, la frustración por la carencia de algo no básico me resulta un signo de avaricia (espiritual, al menos) casi vergonzante.

Habrá alguien que me lea como si yo sólo fuera triatleta, y se preguntará a qué viene esto. Esto no sólo es por el triatlón, pero ¿cuántas veces hemos planteado nuestro entrenamiento en base a un objetivo o triatlón concreto? ¿Cuántas veces nos hemos sentido frustrados por un mal resultado, olvidando lo bien que estuvimos por el camino? Yo agradezco todo lo bueno que venga, no lo voy a rechazar. Pero no me planteo nada de lo que hago desde el punto de vista final; sería más acertado decir que mi planteamiento es causal, casi incluso esencial: no hago triatlón (por ejemplo) para ganar el Cto. de Villarriba o Villabajo (el fin), si no porque quiero hacer triatlón, porque me parece sano, justo, bueno, etc. ...lo que sea. No corro porque quiero llegar a correr a 3’, entreno a pie porque quiero ir bien, hacer lo que me gusta bien, fluido, sea a 2’50 o 3’20. Ese ir bien (fluidez) es una manifestación de estar experimentando al completo la esencia de hacer lo que me gusta, ya sea entrenando o compitiendo (donde la motivación juega un gran papel “ergogénico”, por el que debería resultar más fácil con dorsal). ¿Insatisfacción? ¿Fracaso? Sólo si pierdo la motivación por experimentar la esencia de lo que hago; si dejo que faenas de terceros me afecten para mal (yo tiendo a rebelarme y, por tanto, a crecerme); si me siento frustrado por no alcanzar objetivos autoimpuestos y, en cierta medida, arbitrarios; si olvido quién soy (no qué parezco) y si olvido qué hago (no para qué lo hago). “1x6=6 y así sucesivamente”, que decía Gordopilo (Gomaespuma), para el resto del orden natural de las cosas, si es que hay orden o si es que es natural.

miércoles, 13 de febrero de 2008

La música

El otro día subía por el parque de la Dehesa andando después de nadar. Venía distraído, como es normal después de meter 200 largos (199 volteos/giros) en piscina corta, que marea. Cuando vuelvo, atravieso el centro andando, a pesar de que no es el camino más corto. Soria no es grande y da gusto desplazarse andando, con la “prisa de provincias”, de una punta a otra. Por el camino voy escuchando música en el móvil. Subiendo, ya para llegar a mi casa por el parque, sonaba “Subbacultcha”, de los Pixies, y me sorprendí andando al ritmo de la música. Cuando entré en casa para sentarme en el sofá sonaba “Timbarma”, de Ali Farka Touré, listo para relajarme, también al ritmo de la música, como si todo estuviera preparado como una banda sonora personal y sincronizada.




Ayer fui al teatro a ver “Luces de Bohemia”, alguno de los personajes me sonaba de haber leído “Las máscaras del héroe” de Prada y de haber curioseado por “La Sagrada Cripta de Pombo” de Don Ramón, con esos personajillos del mundo de la cultura del Madrid previo a la guerra civil. Fui solo y supongo que a este paso me acabaré haciendo el amigo imaginario que de niño nunca tuve. No quedaban entradas y tuve la suerte de comprar una a unas chicas en la puerta. Por tanto me tocó sentarme al lado de ellas y, en el descanso, aún no sé bien por qué, al oír que hablaban de los personajes, les comenté que merecía la pena ojear las dos obras citatadas anteriormente, pues eran muy curiosas; el comentario inmediato de una de ellas hizo referencia a lo poco agraciado que era físicamente uno de los actores e hizo que yo, tras sentirme tonto con su tontería y descartar que hubiera alguna oscura relación entre mi comentario y el suyo, tomara nota mental de no volver a abrir la boca para mostrarme amigable sin más ni más. Y el resto del descanso me dio por divagar mentalmente... En Luces de Bohemia la música no pesa, pero ir al teatro me hizo pensar en el teatro de la Grecia antigua.


En las tragedias griegas se suponía que tras el desenlace, el público, que no estaba concentrado en los atributos físicos de los actores, se purificaba mediante un proceso de catarsis. Nietsche, el filósofo del martillo, tiene una obra titulada “El nacimiento de la tragedia desde el espíritu de la música” (1871). Quién haya tenido la suerte de ver una representación de “Las bacantes” de Eurípides, cosa que recomiendo, se dará cuenta de que el punto álgido, previo a la catarsis, con los actores pululando por los vomitorios, más que una tragedia “intelectual”, roza lo espiritual, lo atávico, lo ancestral; algo más próximo a un ritual chamánico o de la tribu. Se trata de un tipo de comunicación esencial, primitiva, que sobrecoge sin saber muy bien por qué (quizá porque, aunque sepamos lo que nos gusta, no somos entendidos en teatro clásico). Yo no he leído esa obra de Nietsche, pero parece ser que impresionó a Jim Morrison, el cantante de The Doors, que se empeño en llevar su música al extremo mismo de ese tipo de comunicación apurando la tendencia dionisiaca, con las conocidas consecuencias para su salud. Salif Keita, –ojo a la mezcla- un músico y cantante negro albino de Mali de familia acomodada (que le repudió por ser albino, signo de mal augurio en la cultura mandiga), descendiente del fundador del Imperio de Mali (Sundiata Keita), en una entrevista reconocía que no entendía lo que cantaba Camarón de la Isla, pero que cuando le oía cantar se ponía a gritar y a llorar por la emoción; Camarón a mí también me sobrecoge. Yo no entiendo lo que Keita canta y no me he criado en la cultura musical africana que me haga conectar de forma especial con su música, como puedo conectar con la guitarra española o con la gaita escocesa; y no me pongo a llorar, pero a veces “poco” me falta. Hay algo en la música que es universal y que conecta con la esencia del ser humano, sea cual sea su cultura. Es más, me parece que es posible que la esencia misma de la literatura en general esté relacionada con la sonoridad de las palabras (no suena igual “metáfora” que “Hemoal (R)”), el ritmo de los versos y hasta la musicalidad de la prosa que, por ejemplo, hizo famoso a Joyce en su “Ulysses”; hay un “algo” rítmico y musical en común del que se hace uso, con placer, desde la antigüedad. Creo que muchos hemos llegado a un estado casi de furor con la música alguna vez, ya sea tocando el violín en la soledad del hogar (cosa que yo soy incapaz de hacer), ya sea cuando te pilla alguien cantando dentro del coche cuando te has venido arriba con un tema de la radio (cosa que yo soy incapaz de reconocer): ya sabes, no te queda otra que seguir cantando y sonriendo con desvergüenza.

Solía gastarme siempre una fortuna en música y libros; la música solía escucharla toda, los libros se me amontonaban. Aún así, nunca el gasto en balde. Mi actual situación de ruina total quizá me deje ponerme al día con los libros si dejo de perder el tiempo pintando gorros rojos en fotos viejas. La música es, junto con las matemáticas, una de mis dos grandes frustraciones; entender a las mujeres no, pues, si se me permite la broma, para mí ya entra dentro de la metafísica (¡de la patafísica!), dentro de esos misterios que perderían su magia si alguien, iluso, intentara explicarlos. Por eso, volviendo a la música, no puedo dar una explicación musical de este proceso como se puede hablar de pentatónicas tratándose de blues, por poner un ejemplo. Seguro que hay ensayos al respecto que dan toda suerte de sesudas explicaciones. Yo sólo quiero marcar que hay algo en la esencia del ser humano (sea cual sea su cultura) con lo que la música conecta y que la música “altera”.

Algún fisiólogo ha sugerido el uso ergogénico/dopante (¿?) de los antidepresivos. Esto, a mi juicio, no carece de sentido. La mayoría de procesos hormonales del cuerpo están regulados desde la hipófisis, que a su vez está regulada por el hipotálamo. Éste, a su vez, está “influido” por aferencias superiores (de estructuras neurológicas superiores), que, en última instancia, “más o menos” directas, provienen del córtex (la famosa “sustancia gris”). Lo que el fisiólogo venía a decir era que, si las estructuras superiores se encuentran bien (no deprimidas, si no activas), esa influencia caerá “en cascada” sobre estructuras neurológicas inferiores hasta llegar a influir en el eje hormonal. Que yo sepa esto no está probado, pero creo que es indiscutible que un deportista deprimido no puede rendir bien y no creo que sea sólo porque no le apetece entrenar. Así que, en cierta forma, me parece que no es insensata la sugerencia del fisiólogo.

Hay gente que prefiere o necesita el estímulo de entrenar con gente, hasta el punto de buscarse “sparrings”, creo que es una dependencia que puede debilitar mentalmente si se torna indispensable. Yo tengo tendencia a decir muchas tonterías y a guardarme una pequeña parcela de solitaria intimidad, por lo que entreno mucho solo. Solía entrenar con música en el minidisk, pero hace unos años decidí dejar de usarla al considerar que no me iba a fortalecer mentalmente lo suficiente como para saber sufrir luego en competición si ella. La corté radicalmente. Así que el otro día, cuando andaba al ritmo de “Subbacultcha” y me di cuenta de la conexión, me pareció que me había estado perdiendo algo. Sales a rodar con música y ésta te estimula: hay en el torrente sanguíneo un plus de adrenalina que le va a dar un extra de calidad al rodaje. Un extra que no tiene contrapartida farmacológica como la estimulación, por ejemplo, de un café cargado; es un extra natural y fisiológico.

Sigo siendo partidario de hacer entrenos fuertes sin música (así como de hacer otros solo) como vía de mejora de gestión de las (malas) sensaciones, pero me parece que el que tenga que entrenar/estar solo pierde una herramienta/tesoro más si no le gusta la música... perdón: si no se ha dado cuenta de que, como humano, le tiene que gustar la música.

sábado, 9 de febrero de 2008

Vuelta al mundo

Querido Mr. Poulain:


Zoco de Marrakech


Cima del Ras, Marruecos


Bajando del Atlas, Marruecos


Tánger, Marruecos


Sto. Domingo


Roatán, Honduras


Lima, Perú


Rio de Janeiro, Brasil. ¡Qué majas las orejillas!


Trópico de Cáncer, Mazatlán, México.


Metro de Tokyo, Japón


Ciudad prohibida, Pekin, China.


Gran Muralla, China


Montando en bici por las faldas del Taranaki, NZ.


Auckland, NZ



Sydney, Australia


Acrópolis, Atenas, Grecia


Acuópolis, Atenas, Grecia


John O'Groats, Mar del Norte, Escocia


***
¿Que de qué va esto? La seriedad está bien a ratos, pero es que si sigo así alguien iba a acabar tachándome de trascendental, insulto demasiado serio para alguien que gusta de usar gorros rojos.

Fin de semana. Toda la semana currando y entrenando. ¿Has quedado ya con las amistades? ¿Has salido ya por ahí? ¿No tendrás el síndrome "Mr. Poulain"? Pues eso. A vivir. Y que nadie me tenga en cuenta mi pericia con el "Paint". Por cierto, lo siento, pero no pedí permiso a Xavi Llovet ni a David Castro para sacarlos en una foto con un impresentable de gorro rojo como yo; espero que no me lo tengan en cuenta. Saludos a todos.

miércoles, 6 de febrero de 2008

¿Sólo endorfinas?

He estado unos días algo fastidiado con dolor de muelas porque se me rompió un empaste. Tenías unas crisis de dolor que me dejaban bloqueado. Me costaba hasta hablar. Trataba de marginarme de la gente en estas crisis porque temía convertirme de un momento a otro en la niña del exorcista o en Hulk (he estado haciendo muchas pesas). Nunca sabes si te han dado de comer furtivamente después de las 12. Esas crisis me venían a durar unos minutos y cuando pasaban me invadía una sensación de bienestar, casi placer, en la que yo estaba hasta contento.



Hace unos días “TriaAndrés” escribía un post sobre las endorfinas, que nos describía como adictos a las endorfinas producidas por el machaque. El post estaba bien y me acordé de él en uno de estos momentos post-crisis en los que las endorfinas me salvaban, como diría Chiquito, de “cagarme en mis muelas”. Y me dio por pensar.



El tema da qué pensar. Desde luego los yonquis lo dejan todo y se abandonan al placer opiáceo. W. S. Burroughs se pasó una temporada en su apartamento de Tánger mirándose la punta del pie, parando sólo para conseguir más droga. Fue esto lo que le decidió a hacer una de sus desintoxicaciones: dentro de su paraíso narcótico le pareció raro estar un mes mirando la punta de su pie, por lo demás no tenía queja ni carencia. Lo cito por ser uno de los mayores yonquis conocidos de la historia. El autor del “El almuerzo desnudo” (libro que he empezado tres veces y que he abandonado tres veces en la misma página, por no tener estómago) y “Yonqui” murió de viejo con más de 90 años; lo digo para que quede claro que no pretendo ningún tono moralista. Es evidente que las endorfinas y sus análogos sintéticos enganchan y da un miedo que ni se me ocurriría probar opiáceos mayores, que el que es vicioso es vicioso y ya tengo bastante con el tri. Pero hay más cosas que hacen que estemos enganchados al deporte, en nuestro caso a un deporte de fondo. Para mí es clave ese llamado estado “flow”, ese momento mágico de fluidez total. Ese momento en que vamos como en un túnel, corriendo rápido como nunca antes, sin oír nada, con una técnica cojonuda, la piel de gallina y un silencio total... en un estado que roza lo que debe de ser la mística. Es una sensación que se tiene pocas veces.

La sensación contraria de lo que me esperaba a mí en el dentista. Yo lo siento, pero habría que hacer un estudio de cuántas revisiones dejan de hacerse anualmente por culpa de la película “Marathon Man”. Yo salgo con las piernas contracturadas y los pantalones calados (pero de sudar, eh, nada más), tanto que hasta me llega a gustar el tunning bucal de Risitas y su Cuñao, pero al final he cedido y fui.







Hablaba del tema de las endorfinas el otro día con Ahinoa (sufridora del 1,2,tri) y David (triatleta IM). Son médicos (no como yo que soy licenciado, con lo que, si no me hubieran dolido ya bastante, podría darme con un canto en los dientes) y bromearon diciendo que habría que hacer la prueba con Naloxona, que se usa para revertir intoxicaciones con opiáceos, 10’ después del machaque. Yo ya le he dicho a Ahinoa que si funciona nos forramos vendiéndolo a las sufridoras/es para desenganchar a sus parejas de esta adicción.



Aquí cada uno tendrá una opinión. Pero reducirlo a la bioquímica es simplificarlo un poco. Y bueno, si resulta que son las endorfinas, como ya he dicho, Burroughs llegó a nonagenario y hacer tri es algo más ameno y sólo un poco más caro que darse a la heroína. Mientras, a mí lo que me gusta es el camino, entrenar; seguro que no soy el único. Puede que nos llame su dureza, que hace que tenga siempre algo de reto. También los habrá que les guste porque son buenos haciendo tri, yo llevo ya unos cuantos años flojo como para que sea eso, pero “Vanitas vanitatum, et omnia vanitas”, que reza el Eclesiastes; aunque de la humildad, requisito obligado de un buen fondista, hablaremos otro día. Quizá alguno haga tri por estar en forma. Por chulear en el gimnasio (alguno hay)... ¿Qué sé yo? Habrá mil motivos. Sin embargo, yo animo a que se busque ese momento de fluidez, para mí no tiene precio; será que engancha también y somos todos unos viciosos (desconfiad del que diga que no tiene vicios, a menos que su vicio sea mentir).

Mística”... y épica... ¿qué le vamos a hacer?: triatlón.