miércoles, 30 de enero de 2008

Entrenamiento

Wittgenstein estuvo rumiando su “Tractatus...” mientras combatía en la I Guerra Mundial. Ese Tractatus es la obra filosófica principal del s.XX o, al menos, la que más literatura especializada ha generado luego. Es un “librito” denso que habla, desde el punto de vista filosófico, del lenguaje. Termina con la lapidaria frase “De lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio”. De Wittgenstein, a pesar de mi ignorancia, quizá tenga la osadía de hablar otro día, pero de su vida, que de lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio. Voy con la frase: no sé si se puede hablar de esto (porque “esto” es algo difuso) y quizá por eso puede que me quede algo enrevesado y largo (¡aviso ya!); podría ponerlo por partes, pero sería el mismo post y el mismo tema, así que cada uno que lo lea, si lo lee, como quiera.

Algunos días voy a nadar a la hora de comer. Es de esas horas perras en las que no se hace nada bien más que estar en una nebulosa en el sofá o de excursión por el Serengueti de la dos. Hay personas que se extrañan cuando se lo digo y lo hacen como si nadar a la hora de comer (por buscar tranquilidad en mi caso) fuera una extravagancia. El concepto de normalidad es de mucha utilidad estadística. Si consideramos que toda la población se puede representar gráficamente para una determinada característica o valor con la campana de Gauss, se puede decir que normalidad es todo aquello que se encuentra en la parte central de la campana de Gauss (se quitan las “puntas”) y que representa un área mayor. Podríamos afirmar, terminológicamente, que los que están en los extremos están fuera de la normalidad y, por tanto, son “anormales”.

Hace años, quien fuera seleccionador, Eduardo No, preguntó al entrenador australiano Sutton por algún consejo, por su parecer. La idea, según mi pobre memoria, era que si quieres andar como los demás, tienes que entrenar como los demás; si quieres andar más que los demás, tendrás que hacer algo diferente a lo que hacen los demás, hacerlo mejor. Yo interpreto que se refería a que hay que innovar, no encasillarse y que no por que lo haga todo el mundo quiere decir que esté bien hecho o que no se pueda hacer algo nuevo o hacerlo mejor.

Yo en este punto paso a la cuestión del límite. Me refiero al límite en el entrenamiento. Vamos a pasar un poco por encima el principio de adaptación biológica en que se basa el entrenamiento (estímulo sobrepasa “límite”, que marca a qué se está ya adaptado, produciendo adaptaciones para poder hacer frente a ese estímulo en el futuro, “salvaguardando” el organismo). Para mí está más o menos claro que hay dos límites que me interesan: el límite que produce adaptaciones y el límite por encima del cual el cuerpo se “desadapta” (sobreentrena). Permitidme esta terminología casera y me explico: en términos metabólicos, el primero “construye” y el segundo, si es excesivo o se sobrepasa a menudo, “destruye”. En alto rendimiento nos suele interesar sólo el segundo, para acercarnos por debajo. Curiosamente el primero no nos suele interesar, habría que acordarse de él más a menudo para no hacer a veces “basura” por debajo.

Otra pieza más de puzzle: En entrenamiento pesan más las herencias que la fisiología. Me explico. Es muy frecuente, por ejemplo en atletismo, hablar de interval, dando igual que sea uno de 200 o los de 800 que llegaba a hacer Zatopek, sin mecionar los descansos, que se trabaje umbral o que se corra con la chorra fuera. En natación, eso sí bastante más científico, los entrenadores manejan un diversas zonas de trabajo (que sí representan rangos fisiológicos) que, en la práctica y a mi juicio, según cómo se ejecute el entreno puede ser difícil saber si se solapan unas con otras o si se deja de hacer lo previsto porque el nadador no se entera o no se quiere enterar. Aunque etéreo en la práctica y oscuro para el nadador (oscuro o que se la suda), sigue una “lógica fisiológica”.


Yo he leído “algo” de fisiología del esfuerzo y he estudiado “bastante” de bioquímica y fisiología humana (aunque sólo sea porque ninguna la aprobé a la primera y me tocó “re-estudiarlas”). Para mí, más que zonas de entrenamiento (AER, AEL, AEM, AEI, PAE, PLA, CLA, CALA, PALA), están las rutas metabólicas, los sustratos y las enzimas de dichas rutas, funcionando todas a la vez, interactuando y manejándose de distinta forma en el tiempo. Desde luego el uso de esas zonas de entrenamiento es una forma práctica y útil de sistematizar el trabajo y no olvidar nada. Da la sensación de que el entrenamiento en natación está mucho más “avanzado” que en atletismo, pero éste posee una efectividad empírica heredada que funciona; de todas formas los deportistas “son buenos a pesar de los entrenadores”. Pero me parece que nos olvidamos a menudo de la fisiología general, de la cinética enzimática (nadie piensa en los mecanismos de activación enzimática calentando, pero un buen calentamiento sigue esa dinámica –ya sé que no depende sólo de eso, eh-), de la bioquímica y de dónde y cómo se realizan todos estos procesos metabólicos.

Voy con el puzzle. Tengo cierta fama de excéntrico, pero yo prefiero decir que no le hago ascos a la anormalidad cuando es en beneficio propio. El que no entiende algo lógico lo tacha de ilógico o de loco, es por lo que suelo considerar esa fama un cumplido de los simples. En la cultura occidental se tiene en cierta consideración la individualidad, la rebeldía, siempre y cuando no nos toque, en contra, de cerca (es algo cultural: en la cultura japonesa –oriental- por ejemplo está mal visto, ahí el ejemplo de Yukio Mishima). Se asocia, a veces generalizando, normalidad a mediocridad, aunque yo querría esperar, de lo que traerá el futuro, una vida, trabajo, familia, felicidad e historia personal de lo más normales. Por desgracia no queremos quedarnos en nuestra normalidad triatlética, queremos mejorar. Y buscamos nuestro límite, un límite que está dentro de nuestra “anormalidad fisiológica” (a lo que no estamos acostumbrados). Yo tengo amplia experiencia en sobrepasar el límite superior que mencionamos antes y (¿os acordáis de “Vídeos de primera”?): “se va el chaval... ¡se va por el barranquillo!”. Pero me parece que esos límites hay que buscarlos y conocerlos, a menos que quieras hacer lo que hacen los demás y ser mediocre en ese sentido. No hacer siempre lo que hacen los demás no sólo en cuanto al límite, si no también en cuanto a formas de entreno: más fisiología y más lógica... menos herencia y entrenamiento empírico (sólo su uso lógico, el “porque sí” sólo tendría que valer cuando las mamás se cabrean).

¿Que he si he intentado ahora encajar las piezas del puzzle? Las piezas: Anormalidad, innovación, límites reales y límites convencionales, fisiología/lógica. Bueno, es que estas piezas no forman un puzzle porque ni siquiera encajan entre sí. Creo que deberían estar dentro de otro puzzle mayor que es el entrenamiento, cubriendo esos huecos que impiden dejar el puzzle perfecto, sin carencias.

A día de hoy no creo que pudiera entrenar a nadie como es debido. Ser entrenador me parece un cargo de responsabilidad. No porque la vida de nadie esté en juego o porque el futuro de alguien peligre al apartarlo de los estudios. Lo es porque está en juego la ilusión del deportista, que lo vuelca todo en su entrenamiento. Actualmente no, pero en el pasado me he labrado un historial de falta de adhesión (que siempre reconocí) al programa de entrenamiento, pero también he de decir que el interés del entrenador de turno no estaba a la altura de mi motivación y mi ilusión (también he de decir que cuando mi interés era correspondido mi adhesión era total). Esa dinámica mutua hacía crecer la desconfianza y la decepción, supongo que ambas reciprocas.

En el futuro me gustaría poder entrenar a gente y me gustaría estar a la altura de esa ilusión. Y, con todos los conocimientos disponibles para el entrenamiento, no me gustaría dejar ninguna de esas piezas de lado a la hora de enfrentarme a ese puzzle. Entrenar es principalmente artesanía, pero para hacerlo bien tiene que haber algo de arte. Seguir un camino propio (no necesariamente normal, no necesariamente anormal: el más útil para cada situación), sin importar si parece extravagante y sin miedo a hacer cosas nuevas, con un tratamiento natural de los límites y más de la mano de la fisiología y de la lógica (pura, no convencional) que de la herencia, con sinceridad, flexibilidad, trabajo y observación dignas de la ilusión de “flipao” del triatleta.

miércoles, 23 de enero de 2008

El Cañon de Río Lobos

Hoy ya tengo decidido no soltar una parrafada, para que los que tengan aguante normalmente leyendo lo que pongo pueda supercompensar. El otro día fuimos con la bici de monte a hacer el Cañón de Río Lobos. Una gozada. Yo soy novato con la de montaña y andaba con miedo de frenar al grupo. Parece ser que no soy tan paquete como creía y me dieron un aprobado (P.A.) para ir tirando; a ver si mejoro. La grupeta triatlética soriana: Dani "Guti", Dani "Chino", Iñaki "Pantera", Azofra, Sanchez (que hay que reenganchar como sea) y yo.
En las imagenes una panorámica que hay desde arriba en el mirador, donde, como podeis ver en la segunda foto pasan lo buitres volando a escasos metros. La otra foto:bocata de tortilla obligatorio.



lunes, 21 de enero de 2008

VITALISTAS PRÁCTICOS. 2ª Parte

Iba de vitalistas la cosa. Hay veces que es difícil tratar ciertos temas. Hay veces que es difícil o duro recordar. El otro día hablamos del vitalismo del minuto a minuto, un vitalismo febril y cotidiano; una actitud ante la vida llevada al último detalle, extrema. Hoy me va a resultar más complicado. Hoy vamos a ir a un significado etimológico de la palabra vitalismo, una esencia del vitalismo, y voy a hablar de un luchador.

Conocí a Dani en el año 2000. Me gustaría tener ahora la ilusión un tanto ingenua y flipada (y esa palabra la empleaba él así a menudo) por el triatlón que él tenía. Tendría entonces unos 17 años. Empecé a conocerle mejor un par de años después, entrenando en la Blume. Recuerdo que intentábamos convencerle de que se relajara un poco entrenando y lo animábamos a salir algún día con la gente de clase. Que atendiera un poco a la vida. Dani seguía con su “Flipadismo ilustrado”, como él decía de broma. Unas machacadas a entrenar y una ilusión entrenando como no le he visto a nadie, ni en calidad ni en cantidad. Es justo decir que de ilustrado tenía poco; flipadismo a secas: qué manera de entrenar. La verdad es que eso no servía para nada. Pero daba igual, porque lo que le gustaba era entrenar triatlón.

Por suerte, o por ley de vida, con el tiempo se abrió a hacer algo que no fuera triatlón. Supongo que la universidad y conocer a Laura, entre otras cosas, pudieron ayudar. La cuestión es que parecía que había un poco más de equilibrio en lo que hacía. No quiero decir que hacer triatlón no sea vitalista (creo que ésta última es una condición sine qua non), lo que quiero decir es que (¡aunque no lo creamos!) hay muchas más cosas. El “flipadismo” seguía, pero también se “flipaba” un poco en la “uni” y si salía por ahí. Era la situación normal de alguien que va madurando, que se hace mayor.

Unos años después Dani me enseñó una “verruguilla” que le había salido en la cabeza. No voy a decir que supiera qué era aquella “verruguilla” inmediatamente, pero exofítica y pigmentada (y sin que él supiera decirme desde cuándo la tenía), sin pensar lo peor, tampoco me gustó. Sin alarmarle le recomendé que fuera al dermatólogo en cuanto pudiera. No sé si meterle prisa hubiera servido de algo, porque siempre fue un paso por detrás de la enfermedad.

La poca experiencia que tuve en oncología cuando estudiaba me marcó bastante. Creo que la actitud que estos pacientes tienen en común es la de la lucha desaforada por subsistir, sin achicarse lo más mínimo. Me llamó mucho la atención. Todos aquellos pacientes hubieran hecho lo que fuera por combatir y, a ser posible, eliminar la enfermedad. La actitud y la entereza es siempre admirable y la voluntad férrea.

No voy a describir paso a paso la desgraciada y desafortunada falta de “puntualidad” para con la enfermedad que tuvo Dani. Se puede resumir el proceso como he dicho antes: Pegaso siempre fue un paso por detrás del melanoma. Lo que quiero describir un poco es la actitud y la lucha de Pegaso.

Antes de su enfermedad no tenía una relación demasiado cercana con Dani. A raíz de la enfermedad y siendo yo el único amigo médico que tenía a mano nuestra amistad fue creciendo. Venía a mí con todo tipo de preguntas formuladas de tal manera que la respuesta positiva implicara su salvación, pero la negativa no su condena. Esto me rompía el corazón y yo intentaba responder con mucho cuidado. Sin ser yo ningún experto en onco o derma lo poco que sabía presagiaba que los plazos se esfumaban, pero posibilidad por pequeña que fuera siempre había. Porque incluso en enfermos de melanoma con metástasis (estadísticamente condenados) se han dado (pocos) casos de remisiones completas... y aún conociendo los datos y el melanoma y sabiendo “algo” de medicina, uno no quiere descartar ningún poso de esperanza para un amigo, porque el poso de esperanza es para uno mismo también. El problema era que el estudio del ganglio centinela (el paso obligado a la hora de diseminar vía linfática) no fue limpio, lo que hacia sospechar que podría haber diseminado (extendido). Y una vez diseminado las posibilidades de un melanoma son escasas. Yo me cuidé mucho de no alimentar falsas esperanzas en Dani, pero sin desesperanzarlo (parece una contradicción: quiero decir que quería en Dani esperanzas legítimas).



Hubiera dado igual que yo le desesperanzara, era a todas luces un luchador. Probó todas las opciones, tanteó todos los palos, hizo lo posible y lo imposible. Desde el punto de vista etimológico era imposible ser más vitalista. Siempre se aferró a la última opción, que en su caso, en última instancia, fue lograr entrar en un programa experimental en Estados Unidos con el que alguno le había ilusionado de una forma poco realista y tardía, pero seguro llena de buena intención.

Mientras Pegaso luchaba por su vida jamás le oí valorar la posibilidad de claudicar. Generalmente de buen humor, siempre hizo una vida cotidiana de lo más normal, incluso cuando le pidieron una muestra de semen previa a la quimio andaba dándole vueltas a gastar una broma a los del banco de muestras. Me acompañó un fin de semana en que corría dos triatlones y lo pasamos bien. Desarrollé con él una especie de complicidad con la que muchas veces con sólo mirarnos ya nos reíamos por tener un sentido del humor parecido. Pero también creo que esa era otra de las virtudes de Dani: era de estas personas cercanas y con don de gentes que te hacen sentir en seguida que es tu amigo, tu cómplice. Pegaso siguió con su vida, estudios, etc. con la normalidad que el proceso le permitía. Esa era la idea: vivir.

En las imágenes vemos a Dani cuando gano el campeonato de España de du sub-23 en Medina de Pomar. En la siguiente imagen ya estaba en su lucha. La última es del último campeonato de España de Cross; ya andaba bastante fastidiado y ahí está saliendo a tope junto a Tete de la Ossa, que se le viera fuerte y con garra, a pesar de que apenas podía entrenar mucho ya: ¡a dar guerra!

A finales de marzo murió Pegaso. Como dijo Homero (y así se consolaba Stevenson, “Tusitala”, en la polinesia): “Sólo los que son amados por los Dioses mueren jóvenes”. Quiero pensar que no se dio mucha cuenta, porque creo o me empeño en creer que la muerte pilló a Dani ocupado luchando por su vida, en un vitalismo, por definición, a ultranza y, metafóricamente hablando, con las botas puestas, en la brecha y sin darse por vencido. Recuerdo la fecha porque no pude cambiar el billete para volver desde Santo Domingo, donde tenía que competir; al final, con gastroenteritis, lo di todo corriendo como Dani hubiera hecho y hubiera querido que yo hiciera. Al funeral fue una multitud de gente muy diversa, porque era mucha la gente que le quería. Recuerdo la fecha de la muerte de Daniel "Pegaso" Guzmán, pero me parece más importante la que celebraba, celebra, su vida. Hoy, 21 de Enero, hace 25 años que nació Daniel “Pegaso” Guzmán. Y pongo su nombre como se ponen los de los púgiles en los carteles de las veladas de boxeo, porque fue un luchador hasta el final. Esta no es una historia de quebrantos y penas: todo el mundo recuerda con una sonrisa de afecto a Pegaso y esto es una historia vital de no darse por vencido. Nunca se dio por vencido, aunque se fuera. Fue por él que se me ocurrió tratar este tema del vitalismo.

viernes, 18 de enero de 2008

VITALISTAS PRÁCTICOS. 1ª Parte. Berti


Llevaba ya unos días sin escribir. La verdad es que he estado algo liado haciendo los trabajos del curso de entrenador superior de triatlón, por eso no escribí; ya se sabe, a última hora, bajo presión, se trabaja mejor o, al menos, se trabaja. Yo preferiría no haber escrito por haber estado demasiado ocupado viviendo, es decir, por ser un vitalista práctico. No hay que alarmarse, no me voy a poner a hablar de filósofos vitalistas (teóricos) como pudieran ser... que no, tranquilidad, que no me arranco, aunque hayan hecho tanto por el individuo. Voy a hablar de vitalistas prácticos. De la misma manera que a mí me hubiera gustado no escribir por haber estado viviendo, mi compadre Berti se resistía a leer libros que yo encarecidamente le recomendaba leer como si fuera algo vital para él. Y empleo la palabra vital para marcar la paradoja: no puede ser vital sacrificar el vivir (completamente, en todas sus facetas). Berti, un vitalista práctico nato, estaba demasiado ocupado en estar vivo por ahí como para evitar que los libros que yo le pasaba cogieran polvo. De esta forma a mí me gustaba que no hiciera ni caso. Yo solía leer bastante; últimamente no leo nada más largo que un mensaje de móvil, pero no por vitalista: para no darme al “autopsicoanálisis” -que no creo mucho en la psicología-, diré que estoy “raro” o vago, o las dos cosas.

Berti es mi compadre, es el único al que yo llamo así siempre. Hay una canción de Muchachito Bombo Infierno que se titula “El Compadre” y curiosamente le define bastante bien. Cuando coincidimos en la Blume salíamos todos los días, siempre había algo que hacer; Madrid da para mucho. Conocí mejor la ciudad en un par de años con el compadre que en los 8 años anteriores. Cuando digo que salíamos, no me refiero a salir de fiesta (aunque el compadre alguna vez aprovechaba ya la ocasión para dar rienda suelta su febril vitalidad y se metía un fiestón de órdago, dándolo todo, divirtiéndose y haciendo que los que tenían la suerte de estar con él se divirtieran también). El compadre, intranquilo, entraba en erupción en cuanto estaba más de 30 segundos parado y, muchas veces, me arrastraba por ahí. Pura energía.
Recuerdo que después de bajar unos días de vacaciones al sur llegamos a Madrid, tras cinco horas de viaje, a las 4 a.m. y, de broma, le dije: “Ahora nos tomamos un par de birras al llegar, ¿no?”. Quién me mandaría hablar. Hubo que salir. Al día siguiente otra vez buen humor y energía; yo, con bastante menos energía (por no decir que estaba muerto), le envidiaba...le envidio y al mismo tiempo le admiro.

El compadre me recordaba a Dean Moriarty de “On the Road” de Kerouak, pero en cuerdo. Un tío cuyo ritmo es imposible de seguir, pero que es un acicate para los demás para dejar de llevar una vida anodina. Un tío a cuyo lado es fácil parecer triste o apagado. La imagen que daba en la Blume era la de alguien disperso, disoluto, poco preocupado. Es portero de hockey hierba, para mí, en cuanto a potencial y calidad, el mejor junto a Bernardino Herrera. Yo le he visto auténticos partidazos. De los jugadores de hockey era el más “empalmao” por su deporte, creo que le viene de familia. Aguantar mentalmente la presión de ver venir bolas de hockey a mil por hora, duras como piedras y recién atizadas por el canto del palo, es algo que distingue a los porteros y es por lo que se dice que están algo locos; pero eso que lo diga alguien que se haya puesto las guardas. Hockey, ingeniería, un par de masters... sin dejar de vivir (activa no pasivamente) en ningún momento. Es curioso, pero en castellano el término “vividor” es un término peyorativo, espero que no sea porque somos envidiosos; prefiero pensar que por una falsa y simulada austeridad heredada de los Austrias o de la religión, porque me parece que éste es uno de los países donde mejor se vive y, por tanto, donde somos más vividores.

En las fotos vemos a Berti en el viaje que hicimos a Andalucía antes de navidad hace unos años. Las dos siguientes son de una escapada a Toledo una tarde que nos aburríamos: como es normal en él, una sale movida. La última: el compadre, al pie del cañón, que incluso ha prometido correr el triatlón de Donosti ahora que vive en SS; pasaré lista ese día, a ver si Peio le echa “huevos” también...y estarán los dos perdidos, enganchados al tri.

Comento la historia del vitalista compadre porque el triatleta es por norma general alguien obsesionado con el entrenamiento hasta tal punto que deja todo lo demás de lado. Una cosa es cuidarse y otra descuidar(se) la propia vida, y hay un poco de energía para todo, aunque la mayoría la destinemos al triatlón. Ese tono vagal de machacar es el que nos da cierto magnetismo para con el sofá, ese apagamiento, a veces, hastío. Pues eso, que va de vitalistas la cosa estos días, a ver si se me pega algo, que empiezo a meter más horas de entreno y me da miedo ese tono parasimpático (vagal), por no decir paranormal, que, cuando entreno mucho, me hace parecer el espectro olvidado de mí mismo.


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Hoy tenía algo de ritmo por la tarde en Valonsadero. El otro día en el Blog de Pablo Cabeza, que me gusta mucho, bautizaban cuestas y tramos de sus circuitos y decidí plagiarle, con su permiso, la idea. Yo no soy de Soria, por lo que me voy a quedar con las ganas de bautizar algún sitio por aquí, que nombres sí se me ocurren. Pero también tengo un sitio cojonudo para entrenar. Esta foto la eché tarde. Ya estamos en invierno, pero 20 minutos antes los dorados del atardecer y la hoja caduca de los robles teñían de ocre otoñal la pradera. No recuerdo en qué cara del Everest es, me parece que la sur, pero poco antes de uno de los últimos campos del ascenso(¿el 4 ó el 5?) hay un valle que llaman el Valle del Silencio, porque éste parece absoluto; eso debe ser la calma que precede a la tormenta (el ataque a la cumbre), en vez de al revés. En este valle de la foto se suele oír el viento correr (y algún que otro atleta), por lo que no podría ser valle del silencio (buscaré otro nombre), pero cuando volvía por ahí al anochecer la calma era total... me vino bien, que dicen que al acabar el trabajo específico hay que hacer la “vuelta a la calma”.

martes, 8 de enero de 2008

Toni y Craig. Tarifa

Estos dos que veis en una puesta del sol de Taranaki, NZ, son Toni y Craig. Iba a decir que son mis amigos de Nueva Zelanda, pero a mí me parece que son casi familia. Me quedé con ellos en noviembre del 2005 cuando fui a New Plymouth a correr y me trataron de una forma increíble. No puedo decir que no estuviera en casa, aunque estuviera en una parte del mundo diametralmente opuesta. Digo sol de Taranaki porque se trata de un sol diferente allí; es una luz mucho más fuerte y yo, que creo que heredé los delicados ojos de mi abuela escocesa, iba por allí con los ojos algo entornados y más ciego que un topo. El año pasado, para sus vacaciones, decidieron ir a Canberra a ver el Mundial de LD, al que yo fui a arrastrarme miserablemente. A pesar del triste espectáculo que ofrecí, me hicieron muy feliz con la visita.

Toni y Craig llevan años intentando ampliar la familia. Esta busqueda les traía bastante preocupados porque, por más médicos que visitaran o por mucho que lo quisieran, no coseguían quedarse embarazados.

En los últimos días de diciembre me llegó una llamada de Nueva Zelanda. Toni estaba embarazada y me llamaban desde la otra punta del mundo para decírmelo. Yo debo ser algo sensiblero para estas cosas, pero me parece que no puede ser coincidencia que yo me sintiera como en casa cuando estuve con ellos. Así que estoy tan contento por ellos como si fuera mi familia la que va a tener un miembro más. ¡ENHORABUENA! (CONGRATULATIONS!!).

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Estos días tuve que bajar al sur a hacer unas gestiones y aprovechamos unos amigos (Arturo, Salva y yo) para quedarnos en Tarifa en casa de nuestro amigo Juanma a pasar la Nochevieja. La verdad que no puedo decir que fuera la mejor opción para entrenar, pero poder ir en manga corta a finales de diciembre (después de un duro frío soriano) y disfrutar de la calidez de la gente andaluza es un lujazo.

Juanma, del que hablaré otro día en que me dé por hablar de vitalistas prácticos (no teóricos), es cetólogo desde hace años. Apovechamos la ocasión para embarcarnos a ver cetáceos. Vimos delfines (que al jugar con la proa del barco los llegué a tener a menos de un metro), calderones y a lo lejos el chorro de un rorcual, cosa que vio todo el mundo menos yo, en fin. En la segundo foto vemos a Juanma de espalda en proa con la isla de Tarifa al fondo, que aunque es lobo de mar le debe gustar titanic (aunque lo niegue) o se lamenta de que no haya bauprés para encaramarse como sirenita temporal.


En Nochevieja Salva, que se dormía en los bares, y yo, que uso esta fecha arbitraria como punto de partida del régimen espartano de vida para entrenar (aparte de cortarme el pelo como ofrenda a los Dioses como hacían en los andes), nos fuimos después de las campanadas a dormir. Aprovechamos la mañana de Añonuevo para ir a Bolonia, una playa cercana a Tarifa que solía ser una colonia hippie con ruinas romanas incluidas. Bolonia tiene una duna enorme que ha ido haciendo el Levante durante años, comiéndose un bosque de pinos que hay detrás, en dirección a la Playa de los Alemanes. Aquella mañana éramos cuatro gatos allí. Subimos a lo alto de la duna donde yo eché esta última foto y donde Salva, fotógrafo-artista de verdad, echó mil. Después me di un baño con la idea de bautizar el año a mi manera. Una forma cojonuda de empezar el año. Ahora ya empieza lo serio y llegó la hora de currar sin pausa.


Feliz año a todos.