viernes, 18 de enero de 2008

VITALISTAS PRÁCTICOS. 1ª Parte. Berti


Llevaba ya unos días sin escribir. La verdad es que he estado algo liado haciendo los trabajos del curso de entrenador superior de triatlón, por eso no escribí; ya se sabe, a última hora, bajo presión, se trabaja mejor o, al menos, se trabaja. Yo preferiría no haber escrito por haber estado demasiado ocupado viviendo, es decir, por ser un vitalista práctico. No hay que alarmarse, no me voy a poner a hablar de filósofos vitalistas (teóricos) como pudieran ser... que no, tranquilidad, que no me arranco, aunque hayan hecho tanto por el individuo. Voy a hablar de vitalistas prácticos. De la misma manera que a mí me hubiera gustado no escribir por haber estado viviendo, mi compadre Berti se resistía a leer libros que yo encarecidamente le recomendaba leer como si fuera algo vital para él. Y empleo la palabra vital para marcar la paradoja: no puede ser vital sacrificar el vivir (completamente, en todas sus facetas). Berti, un vitalista práctico nato, estaba demasiado ocupado en estar vivo por ahí como para evitar que los libros que yo le pasaba cogieran polvo. De esta forma a mí me gustaba que no hiciera ni caso. Yo solía leer bastante; últimamente no leo nada más largo que un mensaje de móvil, pero no por vitalista: para no darme al “autopsicoanálisis” -que no creo mucho en la psicología-, diré que estoy “raro” o vago, o las dos cosas.

Berti es mi compadre, es el único al que yo llamo así siempre. Hay una canción de Muchachito Bombo Infierno que se titula “El Compadre” y curiosamente le define bastante bien. Cuando coincidimos en la Blume salíamos todos los días, siempre había algo que hacer; Madrid da para mucho. Conocí mejor la ciudad en un par de años con el compadre que en los 8 años anteriores. Cuando digo que salíamos, no me refiero a salir de fiesta (aunque el compadre alguna vez aprovechaba ya la ocasión para dar rienda suelta su febril vitalidad y se metía un fiestón de órdago, dándolo todo, divirtiéndose y haciendo que los que tenían la suerte de estar con él se divirtieran también). El compadre, intranquilo, entraba en erupción en cuanto estaba más de 30 segundos parado y, muchas veces, me arrastraba por ahí. Pura energía.
Recuerdo que después de bajar unos días de vacaciones al sur llegamos a Madrid, tras cinco horas de viaje, a las 4 a.m. y, de broma, le dije: “Ahora nos tomamos un par de birras al llegar, ¿no?”. Quién me mandaría hablar. Hubo que salir. Al día siguiente otra vez buen humor y energía; yo, con bastante menos energía (por no decir que estaba muerto), le envidiaba...le envidio y al mismo tiempo le admiro.

El compadre me recordaba a Dean Moriarty de “On the Road” de Kerouak, pero en cuerdo. Un tío cuyo ritmo es imposible de seguir, pero que es un acicate para los demás para dejar de llevar una vida anodina. Un tío a cuyo lado es fácil parecer triste o apagado. La imagen que daba en la Blume era la de alguien disperso, disoluto, poco preocupado. Es portero de hockey hierba, para mí, en cuanto a potencial y calidad, el mejor junto a Bernardino Herrera. Yo le he visto auténticos partidazos. De los jugadores de hockey era el más “empalmao” por su deporte, creo que le viene de familia. Aguantar mentalmente la presión de ver venir bolas de hockey a mil por hora, duras como piedras y recién atizadas por el canto del palo, es algo que distingue a los porteros y es por lo que se dice que están algo locos; pero eso que lo diga alguien que se haya puesto las guardas. Hockey, ingeniería, un par de masters... sin dejar de vivir (activa no pasivamente) en ningún momento. Es curioso, pero en castellano el término “vividor” es un término peyorativo, espero que no sea porque somos envidiosos; prefiero pensar que por una falsa y simulada austeridad heredada de los Austrias o de la religión, porque me parece que éste es uno de los países donde mejor se vive y, por tanto, donde somos más vividores.

En las fotos vemos a Berti en el viaje que hicimos a Andalucía antes de navidad hace unos años. Las dos siguientes son de una escapada a Toledo una tarde que nos aburríamos: como es normal en él, una sale movida. La última: el compadre, al pie del cañón, que incluso ha prometido correr el triatlón de Donosti ahora que vive en SS; pasaré lista ese día, a ver si Peio le echa “huevos” también...y estarán los dos perdidos, enganchados al tri.

Comento la historia del vitalista compadre porque el triatleta es por norma general alguien obsesionado con el entrenamiento hasta tal punto que deja todo lo demás de lado. Una cosa es cuidarse y otra descuidar(se) la propia vida, y hay un poco de energía para todo, aunque la mayoría la destinemos al triatlón. Ese tono vagal de machacar es el que nos da cierto magnetismo para con el sofá, ese apagamiento, a veces, hastío. Pues eso, que va de vitalistas la cosa estos días, a ver si se me pega algo, que empiezo a meter más horas de entreno y me da miedo ese tono parasimpático (vagal), por no decir paranormal, que, cuando entreno mucho, me hace parecer el espectro olvidado de mí mismo.


***


Hoy tenía algo de ritmo por la tarde en Valonsadero. El otro día en el Blog de Pablo Cabeza, que me gusta mucho, bautizaban cuestas y tramos de sus circuitos y decidí plagiarle, con su permiso, la idea. Yo no soy de Soria, por lo que me voy a quedar con las ganas de bautizar algún sitio por aquí, que nombres sí se me ocurren. Pero también tengo un sitio cojonudo para entrenar. Esta foto la eché tarde. Ya estamos en invierno, pero 20 minutos antes los dorados del atardecer y la hoja caduca de los robles teñían de ocre otoñal la pradera. No recuerdo en qué cara del Everest es, me parece que la sur, pero poco antes de uno de los últimos campos del ascenso(¿el 4 ó el 5?) hay un valle que llaman el Valle del Silencio, porque éste parece absoluto; eso debe ser la calma que precede a la tormenta (el ataque a la cumbre), en vez de al revés. En este valle de la foto se suele oír el viento correr (y algún que otro atleta), por lo que no podría ser valle del silencio (buscaré otro nombre), pero cuando volvía por ahí al anochecer la calma era total... me vino bien, que dicen que al acabar el trabajo específico hay que hacer la “vuelta a la calma”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola!! Yo prometo y prometeo poner en práctica más encarecidamente ese no descuidar(me), la vida. Tiendo a hacer lo que me apetece aunque en más de una ocasión por pereza o apatía ves la vida pasar desde el sofá creyéndote destruido (así si que te destruyes, es la filosofía no?). Cuando estudiaba me llevaban los diablos al ver que se consumían mis minutos en una silla mientras caía la tarde allá fuera, así que pasé a una etapa de ansías por vivir que no supe encauzar llevándome a insómnios permanentes. Pienso que no hay que agobiarse, que cada uno haga lo que le apetezca, pero antes de atletas, triatletas o lo que sea somos personas. En la diversidad está la riqueza.