jueves, 20 de diciembre de 2007

El inesperado ímpetu de Abuela María

Llevo unos días sin escribir. Y de lo que escribí me han dicho que tiene un tufillo filosófico que cuesta relacionar (para algunos) con el triatlón. Estamos en temporada invernal y no se puede hablar de pruebas ni triatlones en concreto, así que no veo de más entretenerse un poco con la “metafísica” del tri. Dicen que hay más cosas en la vida que el triatlón. Yo creo que, por ahora, he intentado hablar de cosas que son aplicables también al día a día de cada uno para que el vivir no sea tanto un sinvivir. Para aquellos con una visión simple de la vida esto no reporta nada, para ellos todo es simple y yo, a veces, les envidio. Para los que ya nos hemos complicado un poco la vida, se trata de un viaje sin vuelta atrás. Con suerte, para cualquier revés que acontezca, llegaremos a la conclusión, un tanto estoica, de que las cosas son así y, por eso, así están bien. Mientras tanto, nos entretenemos (me entretengo) con cuestiones como las que he puesto en este blog. Y por que hay muchas cuestiones que tratar me gustaría tener alguna sugerencia de futuros temas a tratar y agradezco de corazón los comentarios. En tanto en cuanto (término filosófico si me permitís el guiño) no haya pruebas con las que podamos hablar de la “épica” de este deporte, por inclinación personal, intentaré tratar, un poco y con mis limitaciones, la “mística” del triatlón y, por extensión, de los deportes de fondo.

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Triatlón. Mi abuela no conoce esta palabra y no le entra en la cabeza más que el que yo hago deporte por ahí, que es lo que me aparta de trabajar como médico, figura que en la imaginación de la España rural del siglo pasado se coloca, en el palco de la plaza de toros, junto al cura, el veterinario y el alcalde, autoridades poderosas donde las haya. Por tanto en su escala de valores, ser triatleta me convierte poco menos que en un descastado. No me importa mucho, son valores de otra época, donde la individualidad no se valoraba y donde la libertad no se concebía como hoy en día.

Hace poco cumplía años mi abuela. Me acerqué a pasar la tarde con ella después de ver el Europeo de Cross. Mi abuela es una señora de 88 años de un pueblo de la Sierra de Gata. Ha llevado una vida dura y rural, que incluye los peores años de la posguerra, y habla con una sencillez de las cosas que puede que sea simple, pero que yo creo que es de quien ha pasado malos momentos y, ya de vuelta, se remite a lo básico de las cosas, que es la forma práctica de manejar la realidad.

Cuando llegué para darle una sorpresa (no avisé de que iba a verla: soy un nieto tan bueno...) estaba en su casa con una amiga suya que fue a hacerle una visita. Yo me senté en la mesa sin más, algo distraído en principio con la tele. Hablaban, cómo no, de lo bien que estaban para los años que tenían, de cómo otras tenían bastantes más achaques o llevaban peor el aislamiento típico de la vejez en esos pueblos perdidos; vamos: las típicas competiciones de abuelas. Así, poco a poco, el tema fue derivando a cuestiones sanitarias y yo, sin querer, acabé enganchándome disimuladamente a esa conversación por deformación profesional mía. Fue de esa forma que pude aprender, no obstante a seis años previos de estudios universitarios de medicina (que, dicho sea de paso, no me parecen ninguna garantía frente al poder tirano de la sabiduría/superchería popular), que el azúcar era bueno para los huesos, pero que era peligroso para el colesterol (per se), que los “lases” en general eran buenos para los problemas de la vista, etc. Hubo más perlas de sanidad ancestral (por oscura y mágica) que me sorprendieron y maravillaron, pero que, por abrumado y saturado, no pude reneter.
Mi abuela atendía a toda esta ristra de consejos curativos que la tía Santiaga, ponente de aquella clase magistral, espetaba sin pudor. Yo no me atrevía a contradecir ni una sola de esas aseveraciones: ya vengo enseñado, del día a día, que la gente viene a creer lo que más le apetece o, dicho más castizamente, lo que le sale de... En estas situaciones el saber de la ciencia es baladí y yo prefería estar callado y preocupado en no desmayarme a cada nueva iluminación (o mejor dicho: fogonazo).

Una vez que tía Santiaga se marchó y nos dejó solos, liberándonos de tanta lección gratuita, mi abuela se lanzó a hablar, contándome con detalle todo lo que refería a su solitaria vida en el pueblo; es decir: quién le hace visitas, cuando viene tal (estadísticas en general), el precio de esto o aquello... y así repetidamente. Yo, que la tengo por mujer de poco hablar, estaba desprevenido y no pude escapar. Al poco estaba sufriendo una letanía muy pesada que arruinaba mi deseo de ver una película a la que me había enganchado. Independientemente de lo que hiciera (prestar atención o poner los ojos en blanco) ella seguía con el rollo. Sin embargo, cuando llegaban los anuncios, mi abuela se sumía en un silencio imperturbable. Al terminar la publicidad volvió a la carga hasta el siguiente intermedio, en el que callaba otra vez. Traté de huir para hacer unas llamadas telefónicas, pero no había red: estaba atrapado. Intenté agotar su repertorio, tirándole de la lengua en los anuncios, y que me dejara ver el film... no sirvió de nada. No pude ver la película.

Yo estoy empezando la temporada ahora. Tras resultados flojos uno tiende a crecerse y a motivarse. Rilke: “¿Quién habla de derrotas? Sobreponerse es todo”. La experiencia me dice que yo debo intentar aplacar mi ímpetu porque siempre, no importa lo difícil que sea, consigo reventarme y no entrenar de la mejor manera posible (ha habido veces que he conseguido entrenar de la peor manera posible, que tampoco es fácil, ojo). Aplacar el ímpetu: yo me voy notando bien y el cuerpo me pide más guerra diciéndome al oído “Shhh: no se le puede poner puertas al campo”.

Mi abuela va para los 90 ya pronto. Tiene un ojo ciego y con el otro no ve bien; ambos le lloran, pero yo no sé si se trata de una adaptación a tantos años de penurias, más o menos llevaderas, y necesidad. Cuando te mira sonríe, pero con un deje de tristeza. La cabeza le funciona de cine, pero yo supongo que no es el colmo de la vitalidad. Por eso me sentí mal cuando me sorprendí a mí mismo deseando que hubiera algo que aplacara su ímpetu a la hora de contarme historias.

Así que me parece que la cuestión es, más bien y generalizando, controlar el ímpetu y dosificarlo para sacar mayor provecho (sacar a la bestia cuando haga falta), pero intentando que nada lo aplaque por completo. No soy yo de dar consejos, pero si lo fuera diría que hay que conservar el ímpetu (y eso implica no malgastarlo, como he hecho yo habitualmente) y que nada ni nadie nos pare o frene por mal que estén las cosas. Esta es mi forma, un poco enrevesada, de mandar ánimos a todos y de animar a animar a todos, tengan 15 ó 90 años.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me resulta bastante dificil intentar resumir todo lo que me suscita el último escrito, sólo podría resaltar ese "shh, no se puede poner puertas al campo". Muchas de mis mejores competiciones las he disputado con ímpetu e impulso, corriendo con el corazón y dejando la cabeza al lado, un ímpetu prudente entiéndase dentro de los márgenes que te permite tu estado de forma. Otra cosa es aplacar ese ansia de mejorar, de modo cansino, a base de machacar durante los entrenos, ahí si que pienso que hay que ser más comedido, es más, inteligente y práctico. Pero.. ¿no experimentaís todos, una especie de ciclos semanales donde podeis con lo que os echen y sin embargo otras semanas en las que ya bastante es cumplir?. ¿Sería deseable aprovechar estas semanas eufóricas para meter más carga de entreno y aprovechar la de menos gas como semana de regeneración y asimilación? La pregunta no es nueva, entrenar por sensaciones o según unas pautas predeterminadas?

Dr K dijo...

..por sensaciones acabo reventando y soy incapaz de respetar las pautas predeterminadas. Qué difícil es domar a la bestia que llevamos dentro para que ataque sólo cuando sea necesario..

triluarca dijo...

Yo he aludido a tu blog como cavilaciones que pueden acercarse a lo filosofico. En general me gusta lo que has escrito, leo por leer, no para desarrollar una historia.

¿Temas a tratar? Inquietudes humanas y valores eticos del deportista de competicion como persona sumamente centrada en si misma. Otro más "triatletico"... ¿que se siente siendo testigo en primera linea cuando Gemmel y Docherty esprintan como a 2m30/km en un ya famoso video de youtube? A mi me paso igual, pero el que me doblabas eras tu en Tres Cantos 2005

Clemente Alonso McKernan dijo...

Muchas gracias por los comentarios. En mi defensa, triluarca, que en New Plymouth aquel año se terminaba con vueltas de 1km y tuve que currar mucho para empalmar, que me sacaran 3' minutos, a toro pasado, no fue tanto. Por lo que, aun fastidiando que te doblen, no lo hice bien, pero tampoco mal. La camparación te la agradezco, pero seguro que yo no te pasé a 2'30. Perdonad lo largo de los post, creo que aquí sí debo controlar mi ímpetu.